viernes, 1 de mayo de 2009

Erase una vez por Durango
Jesús Marín

…La diligencia, mi amor ya no circula,ni el Doroteo aquel un tal Arango, ni aventureros ni vagos valedores, será por eso que NADIE VA A DURANGO. Aquí la mano de Dios esta re-lejos
"sera por ser tan ateos" dice un vato se fue Jonh Wayne y el pueblo es un fantasma, será por eso que nadie va a durango?..
Rola del Jaime López


Escena uno:

Hubo una vez un lugar llamado Durango. Un puñado de dólares para Durango. Nadie va Durango, cantaba un trashumante trovador. Érase una vez por Durango, la tierra del cine. Pueblos fantasmas, vaqueros con la pistola a medio muslo. John Wayne impasible, cabalgando por las tierras de Durango. El tunco Maclovio mascando un palillo de dientes, ficción que se ha convertido en realidad, ahora la película se Durango ensangrentado. Durango de ejecuciones diarias, a plena luz del día. Por sus calles , cierto, ya no llegan los viejos vaqueros americanos de las películas filmadas bajo este cielo esplendoroso, ahora la realidad ha superado la ficción. Ahora se matan en sus calles los sicarios y no con viejas colts cuarenta y cinco ni rifles Winchesters, no ahora el traqueteo de la metralla es cotidiano, ahora el plomo ardiente atraviesa cualquier coraza hasta la del alma. Ahora aparecen sus cabezas en hieleras no colgando de una soga como antaño, como en la soga del juez Paul Newman. Y cuando huyen no lo hacen de viejas cárceles de adobe, tumbando una reja, ahora toman por asalto, en perfecta conjunción militar, perfectamente armados, CERESOS y hacen su ley, la única que ya rifa en Durango, la ley del más fuerte, del más despiadado. Ahora ya no cabalgan en briosos caballos, sintiendo el viento en el rostro y el sol sobre la piel, ahora se pasean en poderosas hummers, exhiben su poder económico en grandes camionetas que zumban por la sierra, que se ríen de los militares y de la policía. Ya no roban trenes cargados de oro, ahora el oro lo traen en las cadenas y pulseras, en las cachas de su cuerno de chivo. Se fue John Wayne pero llego el Narcotráfico. SE fue el viejo Duke pero llego el Chapo. Ahora menos nadie viene a Durango.

Escena dos:

Érase un vez un virrey en una tierra de Jaujá. Mientras el declaraba por decreto ser feliz, la gente se desmoronaba por sus calles, la gente morían ejecutada. La gente era levantada en pleno día para aparecer luego ensarapados o faltos de cabeza. Era un Virrey que vivía opulentamente en su castillo de Zambrano, cuya mayor gracia, era sembrar palmeras donde hubo desiertos. Y mientras viajaba por las europas su reino se desmoronaba. Mientras el comia paella, sus soldados morían en la sierra. Érase un Virrey que al inaugurar una calle pavimentada lo anunciaba a los cuatro vientos, se autodeclarada por medio de lambiscones, ser el mejor virrey que ha tenido Durango. Y la pueblo circo, maroma y teatro. Y se le vio al Virrey dándose baños de pueblo, bailar el pasito duranguense en bailes y saraos, vestirse de indígena, besando escuincles socrosos. Y arrancarse las ropas ante el dolor de sus súbditos caídos en cumplimiento de su deber. Pero jamás ha movido un dedo para detener tanta sangre derramada. Jamás sale más allá del patio de su castillo. Para él todo va bien y Durango ya es una potencia mundial. Y Durango es el estado mas pujante y mas armonico. Benditos aquellos que teniendo ojos no quieren ver. Que teniendo oídos no quieren escuchar.
Y el rumor fue más fuerte que la corte de lacayos y arrastrados, y el rumor fue más fuerte que las costosas campañas publicitarias en los medios, el virrey de Durango no vive en el palacio de Zambrano, vive y reina por Guanaceví. Y su palabra es ley por todo el territorio de la Nueva Vizcaya. Y aún más allá, donde nunca se pone el sol.

Escena Tres:

El atrio principal de catedral. Seis de la mañana. Uno de los príncipes de la Iglesia se arrodilla en su plegaria matutina: Señor, oh Señor, por qué me diste esta boca tan bocaza, por qué no pudiste un cierre tiempo. ¿ Dios mío que he hecho? ¿ Quién nos socorrerá ahora con las narcolimosnas?

Un dos antes:

Para que nos hacemos guajes. Él vive allá por Guanacevi, tiene un rancho, caray si hasta el más pendejo lo sabe, aunque lleve placa o no (risitas sagradas) mientras se acomoda su mitra y hace ojitos pispiretos.
Un día después de ese día:
En homenaje a el gran mimo Cantinflas, pues me desdijo, yo no dije lo que dije, ni dije lo que quería decir, es decir dije lo que dije pero sin quererlo decir, ya ven como son, ahí esta el detalle, él sí vive en Durango, pero no vive, pero a lo mejor sí, pero a lo mejor no, es más me rajo y que pongan el rajado( cierra los ojitos, entornándolos como acordándose de los rajados que han pasado por su parroquia) es más ya estoy ciego, sordo mudo, lero lero candelero. Y viva Cristo Rey.

Escena tres:

Dos hombres ejecutados en una camioneta en la sierra. Innumerables balazos de armas de grueso calibre. Sus rostros desfigurados por los golpes y la tortura, luego se supo que eran tenientes, de inteligencia militar. Y a un lado de los cuerpos, un letrero: los chapos no le tenemos miedo ni a la iglesia ni a la ley.( ni al cielo, ni al diablo, ni a Felinillo ni al negrito de la casa blanca, ni a nadie, ¿está claro?)

Escena cuatro:

Declaración conjunta de la PGR, los chicos de verde y cuanta policía inoperante se les ocurra, pa ahorrarnos demagogia y escenitas: dizque después de investigaciones bien concienzudas, y de haber revisado el Internet, la inteligencia judicial y la militar, llegamos, después de autoaplicarlos el tehuanazo y el polígrafo marca acme que el tal chapo no existe, ni existió, que es un mito genial de los gringos, chapo la bola quien lo inventaría, pero que estamos tras la pista de quien creemos es el capo de capos, un tal James Bond, que pronto caerá y que creemos que mete la coca de contrabando pro medio de sus películas. Seguiremos informando, o que le tenga otra información que la aporte con toy y hermana, digo pa que valga la pena la desvelada.

jueves, 9 de abril de 2009

El retorno de Ulises

Para Sara, mi vientre y mi resurrección.

No hay dolor más dulce que la espera por el amante. Y no hay más dolor más atroz que ese breve instante en que se separan, con la incertidumbre del próximo encuentro. Sólo quien ha padecido la crueldad de la espera, el salir a dar pasos cortos y mirar en todas direcciones hasta que por fin la calle se compadece y aparece ella , caminado, con la tranquilidad de saberse ansiada y deseada, por tanto poderosa e invencible. Ella sabe por la angustia de nuestros ojos que una palabra suya nos hará caer de rodillas. Y todo el maléfico plan que habíamos urdido, de arrancarle las uñas de los pies una a una, de retorcerle los cabellos hasta hacerla llorar, en venganza por hacernos esperar los angustiosos minutos que nos padecieron eternidades en el infierno, se diluyen cuando ella, con la sabiduría aprendida desde la madre Eva, llega sonriente con esa boca que minutos después nos hará conocer a dios y sus ángeles, esa boquita por la cual mataríamos sin rechistar, nos dice: ¿llevas mucho tiempo esperando? Y en vez del ventarrón de reproches e insultos, en vez de los puños crispados y la espada desenvainada, tímidamente, cachorrilmente diremos: no, no amor, apenas unos segundos, y entonces ella, al vernos vencidos y sin piedad alguna, roza con sus labios nuestra mejilla y nos toma de la mano invitándonos a seguir su estela, a guiarnos hasta el precipicio, a ahorcarnos de la cuerda que ella misma podría colgar del techo y a la cual ,nosotros gustosos meteríamos la cabeza dentro de soga, mientras ella la jalaría despacito, haciéndonos creer que eso es amor.
Y una vez dentro, el mundo ha desaparecido. Allá afuera se quedó nuestra hombría y nuestro donaire, aquí somos esclavos de su vientre. Aquí somos lo que ella quiera que seamos. Y basta un leve vislumbre de su hombro para que el viejo lobo resurgía de nuestras extrañas y el aullido primitivo se despierta, miles de años de civilización son derrumbados ante su bendita desnudez , la sed por su carne ,el hambre por su espalda, se intensificada hasta hacernos caer rabiar , y ella gatunamente se retuerce en la cama, ronronea malignamente, se contorsiona para mostrarnos partes de su cuerpo que si bien imaginamos, nunca pensamos que fueran tan hirientemente mórbidas, tan demencialmente deseadas. Ella ya no es la misma, esa tímida muchachita de veintitantos años, de cuerpo delgado, se ha convertido en una inmensa flor exótica, y aun cuando hemos recorrido miles de veces sus acantilados y nos hemos perdido en sus precipicios, es una mujer diferente, fresca y desconocida, y venturosos de ser los primeros, penetramos en sus misterios y nos embriaga lo desconocido, contemplamos con éxtasis religioso el templo de su desnudez , ella ya no es una mujer, ya no pertenece a este mundo de mortales, se ha convertido por seno y vientre en Dios, se ha convertido en lo más sagrado de nuestra errante vida. Ella es el principio de la fe y la culminación de la piedad.
Y lo que es peor, aquella maldición va más de un vientre y de una piel, de unos ojos y una humedad vagina. Ella se sorprende que en vez de mordiscos y lengüetazos, que en vez de ultraje y sometimiento, la contemplemos con un fervor nunca antes sentido, la contemplemos con una veneración digna de una iglesia, y ocurre el milagro, el león domesticado por la oveja, la piedra por fin ha dado fruto; el hombre vencido por la calidez del sacrificio: se entrega sobre su pecho, se deja caer con sus siglos de odio y centurias de flagelaciones, lentamente deja caer las garras, lentamente se despoja de sus armas, y cae ante el milagro de su mujer. Abraza a ese vientre con la desesperación de querer retornar a el, madre y amante, de querer volver a tener paz y escuchar la dulce canción del útero, esa transparencia que nos protegía de todo, esa humedad que nos hacia salvos. Ella mujer al fin, madre al fin, nos arropa con sus brazos, forma con sus dedos guirnaldas de blancas rosas que curan nuestras heridas, esas que nos hacemos en las noches, en la tempestad de saberse siempre tan solos, de vivir tan tristes, y ella canta la vieja canción del mundo, la vieja canción que solamente saben las mujeres, y ahí estamos, nuevamente revividos, nuevamente perdonados, Ulises ha retornado a casa, al vientre de Penélope.
Extasiados escuchamos las canciones que su vientre canta, bebemos el secreto de su mannatila, recuperamos la inocencia perdida, la fe primigenia: el mundo se ha derrumbado, los muros ha sido derrumbado. Dios es u vientre de mujer, Dios es humedad y suave carne en la hendidura: las ciudades desaparecen, los niños crecen y mueren en segundos, los gritos de sirenas han sido sustituidos por una única y poderosa Circe, hechizados y convertidos en niños. Los cíclopes son susurros en la distancia.
Uno esta a salvo en el vientre de una mujer, dentro y fuera, uno lo busca desde entonces, es como un volver a Itaca, es como un retorno de la guerra. Afuera hace tanto frío y se esta tan solo. Ulises ha regresado, estamos a salvo, al menos por esta tarde, al menos por esta noche, al menos por este instante, mi amada Circe, la llamada Sara.Afuera, la nave se hunde. Y nada podemos hacer.
Por los Ismael del mundo

Allí andan navíos; allí está Leviatán que hiciste para que jugase en ella.
Salmos


Hay días que ni merecen ser mencionados en la bitácora de Dios. Días insoportables de niebla, días en que navegas entre las rocas por puro instinto. Días de quedarse hundidos en la arena, entre las paredes de tu isla, entre los restos de lo que fuiste, con los ojos abiertos al miedo. Miedo de no ser lo que éramos, miedo de pertenecer a otra vida y no la que creemos vivir. Miedo de saber que te he perdido, miedo de percibir que ahora sí estoy solo. Miedo de tener miedo. Tú eras el faro que iluminaba. Eras la esperanza de los inconfesables días, de las noches desperdiciadas.
Días de ir a la deriva, dejándose llevar por la marea, arrastrado por las olas, con la pesadez de escucharse y no reconocerse en la voz; los gritos de la gente desde sus distantes islas, desde sus fosas recién abiertas, perdidos en distancias inconmensurablemente inimaginables. Aferrado a esa única tabla que te mantiene a flote: el abrazo de tu madre, el beso de aquella mujer sirena que se elevó de tus sueños y ahora habita en el cielo de tu credulidad.
Días en que uno desearía ser piedra para dejarse hundir, ser gaviota para volar hacia el sol y no despertarse jamás. Días en que la máscara y el disfraz no son suficientes para engañar a los espejos ni para esconderse de la tristeza negra que con su tenue nostalgia nos asfixia, nos consume, pequeña rata que anida en el corazón y nos roe sin descanso: nostalgia por la niñez perdida, nostalgia por las mujeres que han muerto en el corazón, nostalgia por pronunciar la palabra madre, nostalgia por los amigos que nos han traicionado. Quién se puede ahora reconocer en el reflejo del espejo que nos mira burlón e impúdico, quién se puede decir sobreviviente, quién se puede declarar libre de pecado. Cada uno sabe la clase de Judas que es y la pesadez de cruz que arrastra.
Siempre se está tan lejos de casa. Siempre. Y uno nunca termina de cazar, y uno nunca termina de lanzar el último arpón, mientras ella, la ballena, se pierde cada vez más y más de nuestra visión, y quedamos flotando, suspendidos, aferrados a un puñado de recuerdos, a un beso fratricida, a un vientre que yace en el fondo del océano que somos.
Uno se pasa la vida buscando una isla, un cuerpo, un refugio para la tristeza de haber abandonado el útero. Y nos quedamos en la isla nuestra, isla dentro de otra isla, isla dentro de infinidad de islas, mirando pasar los barcos, escuchando el canto de las sirenas, mismas que un día nos llevaron lejos del hogar, lejos de lo lejos. Y ahora parecen burlarse de nuestro miedo, de nuestra piedad por nuestros huesos. Y miras las mariposas caer a tu lado, miras la vida tan lejos de ti, mirar el rodar del polvo en el viento, la blanca sonrisa de las lechuzas, el caer del silencio en un silencio más atroz, el tenue deslizarse del tiempo como arena entre tus dedos.
Dame una alma te lo pido, mujer, devuélveme la que te llevaste un día de febrero, la mañana en que te conocí y te empecé a perder, la noche en que me ofreciste una esperanza y me dejaste a la deriva, entre el mar y tu recuerdo, entre el sol y la ceguera, sin el mapa de tu cuerpo, sin la estrella de tus pezones, sin el tibio refugio de tu nombre en mi boca, sin la caricia de tu voz sobre mi vientre, sin nuestros cuerpos estallando en las rocas del olvido.
Yo no sé porqué a veces pasan las cosas, yo no sé porqué cada día se me convierte en una tormenta que me derrumba, que me impide salir a la mar, que hacen de mí, un desterrado de mi propia vida. Tú eras mi bandera y mi destino. Y aún sigo en el lugar donde nos despedimos, en la isla de nuestra cama, donde tantas mañanas nos extraviamos en el nombre del amor, en la verdad de sabernos únicos en el mundo, mundo que construimos a besos y a piedad, mundo que fue refugio contra el desamparo y la rabia. Ahora me levanto cada mañana con la esperanza de descubrir la isla blanca de tu vientre, navego entre los escombros, entre ruinas de naufragios, entre altas y blancas torres, miro bajo la superficie y veo los grandes peces que decías soñar, y en la profundidad, los huesos de otros, de aquellos que se han quedado muertos y vivos. Yo no tengo nada desde que tú no estás, yo no soy nadie desde que te fuiste.
Ahora me queda la tristeza de mis palabras, el vacío de mis ojos que han perdido la luz y el camino. Y este cuerpo sin gota de sangre, sin coraje suficiente para bien morir.
Dicen que una vez que se te quiebra el corazón ya nunca vuelves a ser el mismo. Dicen que entonces por los fragmentos de tu mente, empieza a filtrarse una peste negra, serpiente que engulle cuando tengas , cuando eres, y una mañana despiertas con un frío que arde, con un frío que llaga y son infinitas las heridas que no cerraran e infinitos los pájaros muertos en el abismo que ahora somos.
Hoy soy una casa deshabitada, un barco que ha encallado, un gorrión muerto en la madrugada. No soy nada desde que te fuiste: “Bajad las amarras, allá a estribor, ahí, ahí esta Ella… remad más fuerte… remar más fuerte”… (jesusmarin73@hotmail.com)

Jesús Marín en la Jornada



Domingo 7 de diciembre de 2008 Num: 718



Jesús Marín en el mar de Durango
Hace algún tiempo, la gente buscaba la poesía en la poesía y, como es lógico, la encontraba en la poesía. ¿Cómo sabía que lo que estaba leyendo era poesía? Se dejaba guiar por su propia lectura. Si se leía como tal y, como tal, afectaba los sentidos, era poesía, independientemente de que estuviese en prosa o en líneas cortadas (versos, versículos), y sin importar la Certificación de los Críticos.
Con el aumento y la variedad de los medios de comunicación, la gente comenzó a leer la poesía no tanto en los libros como en los prestigios. Los prestigios crecieron y los lectores disminuyeron. Especializados en leer prestigios, muchos dejaron de leer todo aquello que no tenía prestigio para luego dejar de leer, también, lo que sí lo tenía. ¿Para qué leer en la poesía si bastaba con creer en el prestigio? Legiones hay de poetas prestigiados a los que casi nadie lee, y a pesar de ello su prestigio no mengua.
Peor aún: hoy la gente lee en la publicidad. Infiere que si los libros están amparados bajo un sello editorial de prestigio, deben ser buenos, y los da por buenos. No se le ocurre pensar que un sello así publique vaciladas, aunque las publique. Leer poesía en libros de poco o ningún prestigio editorial es una práctica que pocos realizan. Confiaríamos en esos libros, y en esos autores, únicamente si la magia editorial y la crítica publicitaria los vuelve prestigiados.
Entre los poetas mexicanos carentes de prestigio, publicidad y sello comercial está el durangueño Jesús Marín, poeta que se atreve a nombrar las cosas y los sentimientos sin retóricas inextricables y que sabe decir lo esencial, pues más allá de su aparente desnudez y desaliño bukowskiano, en los poemas de Marín hay siempre algo más: no sólo una historia oscura del memorial cotidiano de agravios, sino, sobre todo, el gusto por el vértigo de la vida. Los fantasmas familiares, amorosos y domésticos lo habitan y él sabe convocarlos o increparlos con una cruda belleza no exenta de delicada emoción.


“No se puede vivir como si la belleza no existiera”, dice Ricardo Garibay que dijo Luis Rius. Lo sabe Jesús Marín, quien en su Antología poética 1999-2007, La orfandad de las hormigas (Instituto de Cultura del Estado de Durango, 2008, presentación de Fernando Andrade Cancino), nos entrega una obra que no debería pasar inadvertida ante el lector de poesía que no atiende ni al prejuicio ni al prestigio.
Poesía directa y a veces descarnada pero no ingenua, la de Marín hace gala de una afortunadísima falta de oficio en el malabarismo y la pirueta. No quiere dar espectáculo; quiere hacer poesía y comunicarla.
Poesía impura, la de Jesús Marín puede ser también irredenta, herética y soez. En La orfandad de las hormigas incluye una selección de todos sus libros: entre ellos, Si quieres te digo cosas tiernas, El hombre que cazaba ballenas, La mítica Ciudad de las Caguamas y el que da título al volumen.
Cada libro tiene su tono y en cada página identificamos a este superviviente Ismael en el mar del asfalto de Durango. Oda y elegía, celebración y dolor llenan las páginas de este libro, desde la extensa crónica familiar delicada y ruda, hasta las benditas maldiciones y las malditas bendiciones de otros poemas breves.
“Y nunca he logrado crecer/ y nunca he dejado de tener siete años”, dice, sentimental, pero sólo para aclarar después: “No sé quién tenga razón ni me importa./ No escribo para complacer a nadie./ Escribo para no matarme.”
En otro momento refiere: “Soy un cazador de ballenas/ un marinero en tierra/ un charlatán irredento/ viejo bebedor de cerveza,/ náufrago de islas./ Un cazador de ballenas que aparecen/ en las sutiles sombras de la noche./ Diosas del mar/ reinas de los océanos/ suenan tan fuertes en mi corazón/ suenan tan ciertas en mi alma.”
“Cada nalga es un encanto y un peligro./ Bendito sea el demonio/ por haber ideado las nalgas de las mujeres”, escribe este moribundo Ahab a punto del naufragio. Sabe, y así lo dice, que algún día tendrá que levantarse y no sólo ponerse de pie. Por lo pronto es poeta, ni duda cabe, y de la poesía sabe lo esencial: “La mejor forma de leer poesía/ es no leyéndola./ No sirve para maldita la cosa/ pero es indispensable/ para no lanzarse contra los vidrios de hospitales/ no tirarse de cabeza desde puentes/ para no llorar como críos. [...]/ Leer poesía no te salva de nada/ excepto de morir solo.” Nada más, pero también nada menos.
Juan Domingo Argüelles




jueves, 22 de enero de 2009

La Ciudad de la Rabia

Que tu Dios sea el mismo de tu corazón

A veces lo único que nos queda es tener esperanza. Salir cada tarde a navegar entre mares de asfalto de una ciudad desértica. De una ciudad cuya sombra es la ignominia, cuya sangre es la rabia. Bendita ciudad que alguna vez nos habrá de tragar, habrá de crucificarnos sin cruz ni rezos. Aquí lo único es la rabia y la sed. El desierto y la venganza.
Estaré en presencia de la muerte hasta que tú regreses del olvido. Vendrás con el azahar de tus dedos a purificar la maldad, a volver a repetir el bendito nombre de Dios. Sagrada es la tristeza de las mujeres. Inútil su sacrificio: hemos nacidos malditos, hemos sido condenados a la rabia.
Solamente nos queda la esperanza antes de morir. Esperanza que sabrás encontrar los caminos que te devuelvan del pecado de la omisión. Escuchar el llanto primero de la fe; sentir las frescas gotas de tus dedos en mi rostro, el recorrer de manantiales por el cuerpo.
La palabra de Dios resurgirá del polvo en que nos hemos convertidos, cuando tu voz rompa la espera de siglos, la profecía será cumplida: pronunciaras el nombre que me hace bendito entre los hombres, nombre que me dio mi madre, secreto de mujeres, luz del ciego; tu vientre me nombra cuando lo beso, cuando por las noches me refugiaba en su entraña, como el ciego que busca la luz, como el sediento que sacia su sed. Nómbrame con el nombre que hace desaparecer orfandades, que reconstruye mundos. Oblígame a bajarme de la cruz, a sanar mis heridas, perdona mis pecados: tu voz sanando heridas, tu voz desterrando la sal y el odio. Tu voz obligándome a tener alma: alma vagando por las noches, en templos derruidos, en cementerios vacíos, muertos que caminan, ciego de luz y de verdad. Bendita la que viene en nombre del Señor. Despójame de mi herencia de rabia por el acto de creer en mí, por la fe por el que nada tiene que ofrecer; yo que no sé llorar: enséñame, cordero que quita el pecado del mundo, ten piedad de mí: yo que no sé perdonar, quita la mordaza de mi boca y enciende mi corazón. Perdóname porque he pecado contra ti, mujer. Yo que únicamente conozco el sabor de la sangre y la sed de la traición: ten piedad de mí. Bendita la que viene en nombre del Señor. Refúgiame en ti, que de vientre he nacido y en vientre he volver a la otra vida. Regresa del olvido, de la muerte a la que hemos sido condenados. Regresa a inundarme con el Dios que solamente una mujer puede alumbrar. Regresa a mí porque yo no puedo vivir sin alma.
Me habrás de encontrar donde me dejaste, arrodilladlo frente a la madrugada del mundo, en la oscuridad inexpugnable del abismo, en el tajo desamparado de las tinieblas, sed mi luz, rompe este yugo, libérame de mi esclavitud. Habrás de buscarme entre los cadáveres de los impíos, entre la podredumbre de los infieles; cuerpo de sal: ojos pletóricos de alacranes, hermano de víboras, traidor entre traidores. Estaré en la arena escribiendo con mis ojos ciegos las palabras que nadie antes ha escuchado; palabras paridas de tu vientre, palabras que he escrito en tu espalda mientras dormías el sueño extraviado: niña que en su muerte ha sabido darme vida, mujer cuya inocencia me ha obligado a ser Cristo. Bendito el que viene en nombre del Señor.
Estaré en una ciudad que lleva centurias naufragando, ciudad que no termina por morir. Ciudad que tiene por mar, el priistísimo azul de su cielo y por marineros, los cadáveres de su gente. Ciudad donde en vez de canto de sirenas se escucha el ulular del viento reseco de arena, el quejido de palomas y la risa fría de su cantera.
Veo a esta gente morir de inanición, de insoportable sequía de esperanza, la veo desmoronándose, caerse pedazo a pedazo, sin alumbrar flor alguna. Queda la sal y el hastío, queda la cuenca vacía de los ojos. Ciudad de rabia, Ciudad de desesperanza. Ciudad que clama por el mar; la lengua quemándose al Sol, Sol infinito que calcina y olvida.
Noche a noche, voy a encender el faro, pequeña luz que brilla en mi corazón: horizonte de arena quemada del volcán que fuimos, restos del naufragio, de las cartas carbonizadas, de las palabras que no te dije. Veo como las sombras van ocupando las frías habitaciones de mi Ser.
Te espero a que vengas a salvarme, a que vengas a rescatarme. Yo sé que no tengo perdón, pero una palabra tuya, concebirá el milagro: “y de la dura piedra habrá de surgir el agua, y donde antes había odio habrá esperanza. Y donde antes había oscuridad habrá luz: palabra del Señor”; bendita es la que viene en nombre del Señor, que fue creada a semejanza de su corazón. Ven a devolverme a Dios. A resucitarme de esta muerte de vivir sin ti, mujer.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Aún nos queda París

La tragedia de uno es la comedia de otro.
“En vista que no yo capaz de matarme declaro estar muerto”. Una frase que leí hace años en una pared enfrente del Malecón, en la Habana, y que tenía guardaba en la memoria, oculta entre esos cachivaches que uno va acumulando a lo largo de un vivir de vagabundo, de un eterno pata de perro. Y que hoy, en esta fría noche de diciembre, no sé porque razón salió a relucir como viejo madero que emerge de las profundidades del mar.
Mentira, sí se porque volvió a mí, ahora provista de una feroz contundencia y una sabiduría iluminadora. Porque ahora que de verdad te has ido, comprendo su terrible significado, comprendo que ha dejado de ser una bella imagen poética para convertirse en una verdad lapidatoria.
Ahora sé que he muerto y sigo vivo. Ese último domingo que pasamos juntos, cuando tú me dijiste que lo nuestro había terminado, así como empezó, de golpe y sin explicación, que ya no te buscará y que por favor, no volviera a llamarte a la medianoche por el celular y mucho menos mandarte mensajitos, me vi cayendo en una profunda tristeza, cuya magnitud apenas hoy intento asimilar para comprender cual angustiosa y vacía será mi vida sin tu voz diciéndome mi niño, sin tu inocente desnudez entregada a la orfandad de mi vida. Y no habrá mujer que pueda besar como te besaba a ti. No habrá mujer que corresponda a la furia de mis mordidas con la ternura de sus abrazos como lo hacías tú. Ya no habrá la dulce esperanza de vernos cada tiempo para calmar en tu vientre el dolor de mi desolación, tu vientre de mujer ya no mitigara el dolor de haber nacido hombre. No tendré tu sonrisa ni asombro de niña, maravillándose por la sabiduría de mi lengua. Ya no habré de estar desesperado, en el filo de la angustia de no que vendrás, mientras llegabas con media hora de retraso, sonriéndome despreocupada e inocente, con esa inocencia que alguna te dije que te iba destruir si no aprendías algo de malicia. Y frente a mis mohines de niño berrinchudo, de hombre que no ha dejado de tener siete años, me desarmabas y desalmabas con la sencilla pero contundente táctica de besarme tiernamente, con esa boca maravillosa, con esos labios que me hicieron conocer la verdadera esencia de Dios, mientras mis manos recorrían ansiosas el agua fresca de tu espalda y se perdían en lugares que se convertían en gorriones al toque de mis dedos.
Ahora quién habrá de refugiarse en mi pecho y escuchar los cuentos que inventaba para ti. Juntos y desnudos, acurrucados y terriblemente puros, lejos de la maldad y del infierno cotidiano. Y nuestras comidas en la cama, cuando ajenos del mundo, inventábamos nuestro inexpugnable refugio, lejos de cíclopes y sirenas. Solos tú y yo, mi dulce niña. Has elegido entre el amor y la conveniencia. Y yo he perdido más que una mujer, más que una niña de veintitrés años, he perdido el deseo de vivir, me he convertido en un hombre demasiado viejo para volver a intentarlo. He perdido a la única mujer porque la que moriría con los ojos cerrados.
Lo que en uno es drama en otro es melodrama. Ríe payaso canta el tenor mientras va muriendo. No hay lágrimas más amargas que las que no se lloran. Cada cual sabe el tamaño de la cruz que carga. Lo que en otros es dolor desgarrado en los demás es ridícula cursilería. Qué nos importa el dolor ajeno. Qué nos importa saber que alguien esta muriendo de amor. A nosotros solamente nos importa el dolor y la desesperación propia. A nosotros solamente nos importa el gemir y arrastrar de cadenas propias. El mundo puede irse al carajo mientras lamemos nuestras heridas y desgarramos el corazón.
Y tenlo por seguro, no voy a buscarte. Ni hare drama excesivo, sólo el necesario para espantar los buitres. Seguiré de pie, seguiré haciendo las cosas de todos los días. He borrado de mi computadora la infinidad de fotografías que te he tomado, las que no se cómo borrar ni destruir son las que se me han escondido en el fondo del corazón y rebeldes se niegan acatar las ordenes de autodestrucción, quizá porque guardan la ínfima esperanza, como yo, para qué negarlo, de que tú vas a volver, de que tú vas a comprender que el amor solamente lo tienes conmigo, patética forma de ser hombre. He desterrado de la memoria tus gestos, tus gemidos cuando te hacía el amor y mi lengua se perdía en las húmedas hendiduras de tus despeñaderos.
Vete en paz, cásate con el que ha sido tu novio mientras tú y yo nos creíamos los únicos amantes del mundo, al menos en mi ingenuidad así lo creía, los únicos poseedores de los secretos del amor. Ya ves que al final nada fue cierto. Tú te has deshecho de mí, con una facilidad asombrosa, mujer tenías que ser. Y has dejado en el olvido las promesas, los besos, las cartas, el sudor de tu cuerpo bajo mi cuerpo. Vete en paz Sara, en el amor no se ruega, sólo se ama. Y tú no me amas, si lo hicieras no me abandonarías de esta manera. Vete en paz, cásate como dijiste que lo vas hacer, vive la vida que sueñas, lejos de mí, lejos de nuestro amor, que yo sabré encuentrar la manera de morir dignamente. Y la única manera de demostrarte que yo sí te amo es dejándote ir. Dejándote ser feliz con otro. Buena suerte, amor.

miércoles, 29 de octubre de 2008

La otra muerte, la que no mata, la que destruye
Jesús Marín

Cuando tú hayas ido de mi vida, tendré que aprender a vivir sin ojos. A respirar sin aire, a latir sin corazón. Tendré que aprender a morir la muerte de los abandonados, la muerte de los que han perdido a la única mujer que podían llamar vida. Porque nadie puede vivir sin sangre. Porque nadie puede habitar un cuerpo vacío. Y nadie puede soportar tanto frío aquí dentro.
Y veré la muerte en tus ojos como dice el poeta ,Sara, amor mío, en esos ojos que fueron mi luz, en esos ojos que me enseñaron lo que es la ternura . Tus ojos de niña, de vampiro, de mujer, de muerte, de oscuridad que ahora me condenan al dolor eterno, que ahora me condena a la no muerte, a esa muerte que lacera, que carcome por dentro, que nos va destruyendo lentamente, que destruye el alma.
Esos ojos que han curado las heridas de mi alma. Esos ojos que por un momento me hicieron creer. Ahora me dicen adiós, ahora cada vez están más lejanos. Y la luz se extingue. Y he vuelto a ser ciego. Y he vuelto a mi vida sin vida. He vuelto a ser muerto, piedra, noche, precipicio.
Ahora llevo la marca de los malditos, de los que han sido crucificados sin cruz. De los que les esta prohibido abrir los ojos. Ahora sufro la muerte de los no vivos, de los que respiran sin sangre, de los que ven sin ver, de los que caminar sin sentir el camino, de los que bebe agua sin tener sed.
Ahora sufro la muerte de los de los que solamente quieren dormir, dormir eternamente, de los que quieren refugiarse en las cuevas, en los panteones. De los que han perdido toda fe y todo Dios.
Una muerte que no mata la vida, destruye el corazón, arranca el alma. Una muerte silenciosa que se va apoderando de las palabras, de las ganas de abrir los ojos, y será un caer infinito, y será un caminar desamparado por las calles, tratando de encontrarte en el rostro de cada mujer que vea en la calle, pero ninguna serás tú, ninguna podrá hacerme sentir este latir de campanas y este trinar de gorriones. Ninguna serás tú, Sara y es un dolor que no podré soportar. Y será mi muerte y mi condena.
Cuando tú te hayas ido, Sara, procura cerrar bien mi ataúd, procura no despedirte de mí, simplemente desaparece de mi vida, porque así mantendré la esperanza de que vas a regresar de entre los muertos.
De qué manera puedo pedirte que no te vayas, que no me abandones a los lobos, si ya te lo he dicho todo. Ya no tengo palabras para decirte las mil formas que te amo. Ya no tengo sangre que ofrecerte. Yo solo puedo quedarme a mitad de la noche rezando porque tú comprendas la clase de amor que te tengo, Ya no puedo hacerte comprender que eres mi sol, mi dios, mi hogar, mi iglesia. Yo estoy muy cansado. Yo te necesito tanto, eres mi vida. Sé ahora mi muerte con tu adiós.
Lo sé, tú nunca me prometiste la eternidad. Tú nunca me has dicho con tus palabras que me amas, me lo has dicho con tus labios al morderme, me lo has dicho tus ojos cuando me miras de esa forma que ninguna mujer puede mirarme. Me lo dice tu vientre que tiembla cuando lo beso, me lo ha dicho la sangre que he bebido de entre tus piernas. Me lo ha gritado el templo de tu cuerpo cuando rezó. Me ha dicho que me amas la dureza de tu pezón cuando lo hago cómplice de mi lengua y de mi saliva. Me amas lo sé, pero es mayor tu cobardía, es mayor tu miedo. Y la prueba la tengo en la espalda, donde tus uñas han dejado las heridas de tu amor. Y la prueba es que no me miras a los ojos cuando dices que te vas. Vete Sara, sé feliz sin mí. Entiérrame y vete en paz.
¿Podré imaginar un mundo sin ti, Sara?, ¿podré despertarme cada mañana sin la esperanza de que ocurra el milagro de estar juntos, robándole a la vida una hora, dos horas para salvarnos de opresión del mundo ,para convertir nuestra alma en una sola, y crear nuestro propio indestructible eterno mundo.
¿Cómo haré para resignarme a estar sin ti?, a vivir la vida de forma cotidiana como si no hubieras existido estos años, como si el haberte conocido no me hubiera marcado, no me hubiera convertido en otro hombre, no me hubiera devuelto al niño que creía perdido.
¿Podré resistir el ya no verte?, el ya no escuchar tu voz diciéndome que todo esta bien. Llamando mi niño. Tú eres el vientre en que he renacido, cuando tu voz pronuncia mi nombre, aquí adentro se crean universos, aquí dentro la luz del mundo me inunda. Yo sin ti soy un como un niño en la oscuridad y aprendí tu nombre como se aprende el nombre de Dios, ¿por qué te vas así, sin decirme una sola vez que me amas, solo me abrazas fuerte y pones tu rostro sobre mi pecho y me dice decirme que todo estará bien, cómo va estarlo si tú te vas a vivir otra vida sin mí.
Dame muerte por tu mano, que entonces no habrá muerte más dulce que morir a manos de la mujer que Dios puso en mi corazón para salvación de mi alma. Ahora que te vayas no te despidas. Sólo vete y ya. Ahora estoy ciego, mutilado. Muerto. Y tus palabras de despedida serían mi epitafio. Vete y déjame con esta muerte que no se apiada de nadie. Con este dolor que ahora tendrá tu nombre. Vete Sara. Te amo pero ni eso fue suficiente. Vete que los muertos se pudren rápido.

Mi vida sin ti
Es difícil a veces dejar las máscaras y mostrarse tal y cual es uno. Es difícil reconocer que sé es vulnerable. Que uno nunca ha dejado de ser un niño pequeño, temeroso de la oscuridad y que lo único que uno necesita es que alguien te abrace muy fuerte. Que lo único que se necesita es creer en alguien y tener por fin , alguien por quien morir cada día.
Es difícil reconocer este amor callado que siempre he tenido por ti. Es difícil decir las palabras que rompan esta caída , esta ir de cama en cama, de mujer en mujer, es difícil que tú me creas, tú que me has visto llorar en tu hombro, tú, que con tus blancas manos me han salvado de la rabia. Es difícil ,ahora ,, hablarte como te estoy hablando y que tú me creas, mi dulce niña.
Uno va por la vida con infinidad de rostros, con infinidad de imposturas. Pero a veces fingir cansa, a veces vivir con los ojos cerrados duele. Dejemos por un momento nuestra actuación, , déjame que te hable del fondo del corazón, de ese lugar que no comparto con nadie, donde escondo del mundo lo que siento por ti, donde habita ese niño que en realidad sabes que soy yo. Déjame que te hable con estos ojos de hombre que ya no pueden callar ante la belleza de tu alma, ante el deslumbramiento de tu piel y ante el precipicio de tu cuerpo. Y decirte las cosas que como amigo me tengo prohibido, decirte que ya no es suficiente ese ligero y imperceptible beso que te doy en la mejilla cuando nos encontramos, decirte que ya no es suficiente con tomarte de la mano apenas el instante suficiente para no enloquecer y soportar heroicamente las ganas de aprisionarte en mis brazos, de robar la tranquilidad de tu cintura.
Quiero saber que se siente caminar contigo en la madrugada, tomados de la mano. Quiero saber que se siente morderte en el cuello y que se siente dormir en tu vientre.
Ya me cansé de mi vida sin ti, , ya me cansé de percibirte triste aunque tus enormes ojos brillen y digan otra cosa, bien sabes, que tú y yo estamos tan cerca como nunca lo estaremos de otros, que tú y yo podemos formar perfectamente la palabra amor y ser uno solo. Bastaría con dejar nuestros miedos y temores, bastaría, con que me dejes darte un solo beso. Un solo beso para que sientas este amor que yace callado y esperando por tu vientre, un beso para empezar a perdonar al mundo, para olvidar el rencor y el cansancio. Un beso de tu boca oh mi ángel , oh mi niña, un beso como principio y luz del mundo. Un beso de tus labios, mi niña traviesa, un beso para salvarme de esta ceguera en que he vivido. Uno solo beso de tu boca, mi niña es lo que te pido, un beso que me haga sentir que Dios esta conmigo de nuevo. Un beso que sane este dolor de orfandad.
Yo sé que de noche ante la soledad de tu cuarto has querido encontrar alguien que de verdad te ame más allá de tu imagen de ángel. Yo sé que puedo ser esa persona y que tú puedes ser mi mundo, y tú puedes ser mi bendición. Yo también ya me cansé de fingir que no pasa nada. Yo también me cansé de vivir sin ti, . Déjame despertar contigo abrazado, deja que nuestros cuerpos encuentren su propio idioma y se conviertan en carne de mi carne y en carne de tu carne. Déjame conocer las canciones que nadie ha escuchado de tu otra voz. Déjame probar la miel que se esconde en el lóbulo de tu oreja. Déjame amarte, y vuelve a vivir, amiga mía, pequeño ángel de mi corazón.
Ya me cansé de soñarte, de despertar cada mañana, esperándote verte dormida a mi lado. Quiero saber como se escucha mi nombre pronunciado en esos labios, en esa boca que provoca mis antojos e incita mis delirios.
Ya me cansé andar errabundo sin hogar ni patria. Sin Dios. Y me cansé de adorar falsos dioses y llorar ante tumbas vacías, quiero una mujer de verdad, quiero una mujer como tú , que sepa entregar el alma en un beso, que sepa amar por una eternidad.
Sé mi ángel , sé la dulce mujer que venga a rescatarme de este naufragio, sé mi isla en este mar llamado vida. Sé la luz que ilumine mi camino. Ya me cansé de mi vida sin ti.

Cuando un hombre ama a una mujer


¿Cómo le hablas de luz a un ciego?
A veces lo único que uno puede hacer en la vida es tratar de ser un hombre, comportarse como un hombre. Ser un hombre frente a los otros hombres, caminar como un hombre, beber cerveza como un hombre, aunque por dentro se esté de rodillas, aunque por dentro se sangre y el dolor nos queme. Aunque por las noches acabes en la cama, doblado, apretándote el vientre, aguantándote las ganas de ir a buscarla.
Ser un hombre para no rendirse y no caer, aunque ya vivas desde hace tiempo en el abismo, con un hueco aquí dentro y un vacío entre tus manos. Y todo lo que deseas es que ella diga tu nombre y ella te abrace muy fuerte para olvidar el desamparo de hacer nacido solo, de morir tan solo. Cuando un hombre ama a una mujer por ella es capaz de todo, incluso de renunciar a ella.
Una vez leí que un hombre puede ser derrotado pero no vencido. En ese entonces no lo entendí del todo, quizá porque no conocía de derrotas, de la verdadera derrota, de la que un hombre no se levanta. La de ser vencido por una mujer. Y es que cuando un hombre ama a una mujer por ella lo deja todo, por ella deja su hombría, a sus amigos, por ella se moja bajo la lluvia esperándola toda una noche, toda una vida. Por ella se deja morir. Y no hay peor muerte en vida que la de morir de amor por una mujer. De esa muerte ya no te puedes levantar y si uno sigue adelante es porque un hombre nunca se rinde, y es porque uno hombre no sabe de lágrimas ni de derrotas. Y aunque uno ya esté muerto, uno debe seguir viviendo porque uno no sabe hacer otra cosa, porque a uno no lo enseñaron a rendirse, a dejarse morir en silencio.
Uno debe aparentar que todo esta bien, que solamente fue otra más en el camino, que mujeres hay muchas y de sobra, y a lo mejor es cierto, pero solamente hay un mujer que te hace vibrar, que hace que te tiemblen las corvas cuando ella pasa su mano por tu rostro y te llama mi niño y te dice que todo esta bien y tú te refugias en su pecho, en su inocente vientre que no sabe de maldades, que no sabe de odios y solamente ahí puedes ser un verdadero hombre, y solamente ahí puedes volver a ser de nuevo un niño. Y ella te mira con sus ojos de mujer, con sus ojos de amante, con sus ojos de ángel, con sus ojos de madre, y uno se da cuenta que no habrá mujer en el mundo que puedas amar como amas a ella, y uno se da cuenta que uno podría morirse si ella se lo pide. Y uno muere cada día que pasa lejos de ella, cada noche que no esta junto a ti para consolarte del desamparo, para ofrecerte su cobijo y su ternura.
Cuando un hombre ama a una mujer por ella podrá dejar la vida. Y la deja. Por ella podría convertirse en mil hombres. Y se convierte. Por ella daría su sangre y su corazón. Y los deja. Cuando un hombre ama a una mujer vuelve a ser un niño, indefenso e inocente, ofreciéndole su corazón, ofreciéndole la ternura de no saber como amarla, pero la ama y muere por ella. Cuando un hombre ama a una mujer hasta el mismo Dios se conmueve, porque no hay amor más puro que el amor de un hombre que muere por lo que ama, por lo que cree. Por la única mujer que podrá amar así en su vida. Por la mujer que lo convierte en algo más que un hombre, en algo más que un ángel, en casi Dios.
Pero a dónde ir cuando esa mujer no te ama como tú la amas, cómo ser entonces un hombre, cómo comportarse como tal. Cómo caminar de nuevo al sol cuando tienes el corazón destrozado, cuando una parte de ti ya no funciona. Cuando estás en la lona, noqueado y mirando los destellos de las luces, escuchando los gritos de lo demás. Y te quieres quedar ahí abajo, tirado y vencido. Noqueado sin haber recibido un solo golpe, sin haber recibido una sola herida. Y lo único que pasa por tu mente es que ojalá ella estuviera contigo.
Cómo explicarte mi niña que mi mundo eres tú. Que tú eres la mujer que yo soñé para fundar un mundo, para perpetuar mi sangre en tu sangre. Cómo explicarte que lo único que deseo es amanecer cada día a tu lado y mirarte junto a mí, dormida como aquel domingo y besarnos hasta que los labios nos sangren y me arañes la espalda y grites mi nombre cuando hacemos el amor. Como explicarte que mi mundo eres tú, que antes de ti no hubo mujer y después de ti no la habrá, que tú eres la mujer que yo amo y por la que quiero morir. Por la que hoy estoy muriendo, porque ahora sé que de amor, sí se puede morir.
Cómo explicarte que tú, a tus veintitrés años me haces llorar con tan solo decirme que ya no me quieres ver, que no tienes tiempo para mí, cómo explicarte que me haces sentir completo, que a tu lado creo en Dios y en todo lo que me digas, bendita eres entre todas las mujeres y bendito sea tu vientre, oh mi dulce Sara.
Cómo explicarte que iluminas mi vida con tan sólo mirarme con tus ojos que cierran las heridas, con tus manos que hacen milagros en mi cuerpo con tocarme y donde antes era desierto ahora es vergel Y donde antes hubo muerte ahora hay un hombre. Y tu boca hace crecer flores en mis manos con tan sólo besarlas. Tu voz es la voz del mundo, es la voz de Dios, haciéndome renacer, convirtiendo la oscuridad en luz, convirtiéndome en hombre salvo, dándome el perdón de siglos de odios.
Por ti, Sara, vuelvo a ser un niño, por ti soy un hombre que te ama. Eres la luz del mundo para perdón de mis pecados. Eres Dios convertido en vientre, eres mi segunda madre. Por ti la muerte se convierte en vida. Por ti estoy muriendo. En tu vientre encomiendo mi espíritu. Una palabra tuya bastara. Bendita seas por los siglos de los siglos. Amén.