Que tu Dios sea el mismo de tu corazón
A veces lo único que nos queda es tener esperanza. Salir cada tarde a navegar entre mares de asfalto de una ciudad desértica. De una ciudad cuya sombra es la ignominia, cuya sangre es la rabia. Bendita ciudad que alguna vez nos habrá de tragar, habrá de crucificarnos sin cruz ni rezos. Aquí lo único es la rabia y la sed. El desierto y la venganza.
Estaré en presencia de la muerte hasta que tú regreses del olvido. Vendrás con el azahar de tus dedos a purificar la maldad, a volver a repetir el bendito nombre de Dios. Sagrada es la tristeza de las mujeres. Inútil su sacrificio: hemos nacidos malditos, hemos sido condenados a la rabia.
Solamente nos queda la esperanza antes de morir. Esperanza que sabrás encontrar los caminos que te devuelvan del pecado de la omisión. Escuchar el llanto primero de la fe; sentir las frescas gotas de tus dedos en mi rostro, el recorrer de manantiales por el cuerpo.
La palabra de Dios resurgirá del polvo en que nos hemos convertidos, cuando tu voz rompa la espera de siglos, la profecía será cumplida: pronunciaras el nombre que me hace bendito entre los hombres, nombre que me dio mi madre, secreto de mujeres, luz del ciego; tu vientre me nombra cuando lo beso, cuando por las noches me refugiaba en su entraña, como el ciego que busca la luz, como el sediento que sacia su sed. Nómbrame con el nombre que hace desaparecer orfandades, que reconstruye mundos. Oblígame a bajarme de la cruz, a sanar mis heridas, perdona mis pecados: tu voz sanando heridas, tu voz desterrando la sal y el odio. Tu voz obligándome a tener alma: alma vagando por las noches, en templos derruidos, en cementerios vacíos, muertos que caminan, ciego de luz y de verdad. Bendita la que viene en nombre del Señor. Despójame de mi herencia de rabia por el acto de creer en mí, por la fe por el que nada tiene que ofrecer; yo que no sé llorar: enséñame, cordero que quita el pecado del mundo, ten piedad de mí: yo que no sé perdonar, quita la mordaza de mi boca y enciende mi corazón. Perdóname porque he pecado contra ti, mujer. Yo que únicamente conozco el sabor de la sangre y la sed de la traición: ten piedad de mí. Bendita la que viene en nombre del Señor. Refúgiame en ti, que de vientre he nacido y en vientre he volver a la otra vida. Regresa del olvido, de la muerte a la que hemos sido condenados. Regresa a inundarme con el Dios que solamente una mujer puede alumbrar. Regresa a mí porque yo no puedo vivir sin alma.
Me habrás de encontrar donde me dejaste, arrodilladlo frente a la madrugada del mundo, en la oscuridad inexpugnable del abismo, en el tajo desamparado de las tinieblas, sed mi luz, rompe este yugo, libérame de mi esclavitud. Habrás de buscarme entre los cadáveres de los impíos, entre la podredumbre de los infieles; cuerpo de sal: ojos pletóricos de alacranes, hermano de víboras, traidor entre traidores. Estaré en la arena escribiendo con mis ojos ciegos las palabras que nadie antes ha escuchado; palabras paridas de tu vientre, palabras que he escrito en tu espalda mientras dormías el sueño extraviado: niña que en su muerte ha sabido darme vida, mujer cuya inocencia me ha obligado a ser Cristo. Bendito el que viene en nombre del Señor.
Estaré en una ciudad que lleva centurias naufragando, ciudad que no termina por morir. Ciudad que tiene por mar, el priistísimo azul de su cielo y por marineros, los cadáveres de su gente. Ciudad donde en vez de canto de sirenas se escucha el ulular del viento reseco de arena, el quejido de palomas y la risa fría de su cantera.
Veo a esta gente morir de inanición, de insoportable sequía de esperanza, la veo desmoronándose, caerse pedazo a pedazo, sin alumbrar flor alguna. Queda la sal y el hastío, queda la cuenca vacía de los ojos. Ciudad de rabia, Ciudad de desesperanza. Ciudad que clama por el mar; la lengua quemándose al Sol, Sol infinito que calcina y olvida.
Noche a noche, voy a encender el faro, pequeña luz que brilla en mi corazón: horizonte de arena quemada del volcán que fuimos, restos del naufragio, de las cartas carbonizadas, de las palabras que no te dije. Veo como las sombras van ocupando las frías habitaciones de mi Ser.
Te espero a que vengas a salvarme, a que vengas a rescatarme. Yo sé que no tengo perdón, pero una palabra tuya, concebirá el milagro: “y de la dura piedra habrá de surgir el agua, y donde antes había odio habrá esperanza. Y donde antes había oscuridad habrá luz: palabra del Señor”; bendita es la que viene en nombre del Señor, que fue creada a semejanza de su corazón. Ven a devolverme a Dios. A resucitarme de esta muerte de vivir sin ti, mujer.
jueves, 22 de enero de 2009
jueves, 11 de diciembre de 2008
Aún nos queda París
La tragedia de uno es la comedia de otro.
“En vista que no yo capaz de matarme declaro estar muerto”. Una frase que leí hace años en una pared enfrente del Malecón, en la Habana, y que tenía guardaba en la memoria, oculta entre esos cachivaches que uno va acumulando a lo largo de un vivir de vagabundo, de un eterno pata de perro. Y que hoy, en esta fría noche de diciembre, no sé porque razón salió a relucir como viejo madero que emerge de las profundidades del mar.
Mentira, sí se porque volvió a mí, ahora provista de una feroz contundencia y una sabiduría iluminadora. Porque ahora que de verdad te has ido, comprendo su terrible significado, comprendo que ha dejado de ser una bella imagen poética para convertirse en una verdad lapidatoria.
Ahora sé que he muerto y sigo vivo. Ese último domingo que pasamos juntos, cuando tú me dijiste que lo nuestro había terminado, así como empezó, de golpe y sin explicación, que ya no te buscará y que por favor, no volviera a llamarte a la medianoche por el celular y mucho menos mandarte mensajitos, me vi cayendo en una profunda tristeza, cuya magnitud apenas hoy intento asimilar para comprender cual angustiosa y vacía será mi vida sin tu voz diciéndome mi niño, sin tu inocente desnudez entregada a la orfandad de mi vida. Y no habrá mujer que pueda besar como te besaba a ti. No habrá mujer que corresponda a la furia de mis mordidas con la ternura de sus abrazos como lo hacías tú. Ya no habrá la dulce esperanza de vernos cada tiempo para calmar en tu vientre el dolor de mi desolación, tu vientre de mujer ya no mitigara el dolor de haber nacido hombre. No tendré tu sonrisa ni asombro de niña, maravillándose por la sabiduría de mi lengua. Ya no habré de estar desesperado, en el filo de la angustia de no que vendrás, mientras llegabas con media hora de retraso, sonriéndome despreocupada e inocente, con esa inocencia que alguna te dije que te iba destruir si no aprendías algo de malicia. Y frente a mis mohines de niño berrinchudo, de hombre que no ha dejado de tener siete años, me desarmabas y desalmabas con la sencilla pero contundente táctica de besarme tiernamente, con esa boca maravillosa, con esos labios que me hicieron conocer la verdadera esencia de Dios, mientras mis manos recorrían ansiosas el agua fresca de tu espalda y se perdían en lugares que se convertían en gorriones al toque de mis dedos.
Ahora quién habrá de refugiarse en mi pecho y escuchar los cuentos que inventaba para ti. Juntos y desnudos, acurrucados y terriblemente puros, lejos de la maldad y del infierno cotidiano. Y nuestras comidas en la cama, cuando ajenos del mundo, inventábamos nuestro inexpugnable refugio, lejos de cíclopes y sirenas. Solos tú y yo, mi dulce niña. Has elegido entre el amor y la conveniencia. Y yo he perdido más que una mujer, más que una niña de veintitrés años, he perdido el deseo de vivir, me he convertido en un hombre demasiado viejo para volver a intentarlo. He perdido a la única mujer porque la que moriría con los ojos cerrados.
Lo que en uno es drama en otro es melodrama. Ríe payaso canta el tenor mientras va muriendo. No hay lágrimas más amargas que las que no se lloran. Cada cual sabe el tamaño de la cruz que carga. Lo que en otros es dolor desgarrado en los demás es ridícula cursilería. Qué nos importa el dolor ajeno. Qué nos importa saber que alguien esta muriendo de amor. A nosotros solamente nos importa el dolor y la desesperación propia. A nosotros solamente nos importa el gemir y arrastrar de cadenas propias. El mundo puede irse al carajo mientras lamemos nuestras heridas y desgarramos el corazón.
Y tenlo por seguro, no voy a buscarte. Ni hare drama excesivo, sólo el necesario para espantar los buitres. Seguiré de pie, seguiré haciendo las cosas de todos los días. He borrado de mi computadora la infinidad de fotografías que te he tomado, las que no se cómo borrar ni destruir son las que se me han escondido en el fondo del corazón y rebeldes se niegan acatar las ordenes de autodestrucción, quizá porque guardan la ínfima esperanza, como yo, para qué negarlo, de que tú vas a volver, de que tú vas a comprender que el amor solamente lo tienes conmigo, patética forma de ser hombre. He desterrado de la memoria tus gestos, tus gemidos cuando te hacía el amor y mi lengua se perdía en las húmedas hendiduras de tus despeñaderos.
Vete en paz, cásate con el que ha sido tu novio mientras tú y yo nos creíamos los únicos amantes del mundo, al menos en mi ingenuidad así lo creía, los únicos poseedores de los secretos del amor. Ya ves que al final nada fue cierto. Tú te has deshecho de mí, con una facilidad asombrosa, mujer tenías que ser. Y has dejado en el olvido las promesas, los besos, las cartas, el sudor de tu cuerpo bajo mi cuerpo. Vete en paz Sara, en el amor no se ruega, sólo se ama. Y tú no me amas, si lo hicieras no me abandonarías de esta manera. Vete en paz, cásate como dijiste que lo vas hacer, vive la vida que sueñas, lejos de mí, lejos de nuestro amor, que yo sabré encuentrar la manera de morir dignamente. Y la única manera de demostrarte que yo sí te amo es dejándote ir. Dejándote ser feliz con otro. Buena suerte, amor.
La tragedia de uno es la comedia de otro.
“En vista que no yo capaz de matarme declaro estar muerto”. Una frase que leí hace años en una pared enfrente del Malecón, en la Habana, y que tenía guardaba en la memoria, oculta entre esos cachivaches que uno va acumulando a lo largo de un vivir de vagabundo, de un eterno pata de perro. Y que hoy, en esta fría noche de diciembre, no sé porque razón salió a relucir como viejo madero que emerge de las profundidades del mar.
Mentira, sí se porque volvió a mí, ahora provista de una feroz contundencia y una sabiduría iluminadora. Porque ahora que de verdad te has ido, comprendo su terrible significado, comprendo que ha dejado de ser una bella imagen poética para convertirse en una verdad lapidatoria.
Ahora sé que he muerto y sigo vivo. Ese último domingo que pasamos juntos, cuando tú me dijiste que lo nuestro había terminado, así como empezó, de golpe y sin explicación, que ya no te buscará y que por favor, no volviera a llamarte a la medianoche por el celular y mucho menos mandarte mensajitos, me vi cayendo en una profunda tristeza, cuya magnitud apenas hoy intento asimilar para comprender cual angustiosa y vacía será mi vida sin tu voz diciéndome mi niño, sin tu inocente desnudez entregada a la orfandad de mi vida. Y no habrá mujer que pueda besar como te besaba a ti. No habrá mujer que corresponda a la furia de mis mordidas con la ternura de sus abrazos como lo hacías tú. Ya no habrá la dulce esperanza de vernos cada tiempo para calmar en tu vientre el dolor de mi desolación, tu vientre de mujer ya no mitigara el dolor de haber nacido hombre. No tendré tu sonrisa ni asombro de niña, maravillándose por la sabiduría de mi lengua. Ya no habré de estar desesperado, en el filo de la angustia de no que vendrás, mientras llegabas con media hora de retraso, sonriéndome despreocupada e inocente, con esa inocencia que alguna te dije que te iba destruir si no aprendías algo de malicia. Y frente a mis mohines de niño berrinchudo, de hombre que no ha dejado de tener siete años, me desarmabas y desalmabas con la sencilla pero contundente táctica de besarme tiernamente, con esa boca maravillosa, con esos labios que me hicieron conocer la verdadera esencia de Dios, mientras mis manos recorrían ansiosas el agua fresca de tu espalda y se perdían en lugares que se convertían en gorriones al toque de mis dedos.
Ahora quién habrá de refugiarse en mi pecho y escuchar los cuentos que inventaba para ti. Juntos y desnudos, acurrucados y terriblemente puros, lejos de la maldad y del infierno cotidiano. Y nuestras comidas en la cama, cuando ajenos del mundo, inventábamos nuestro inexpugnable refugio, lejos de cíclopes y sirenas. Solos tú y yo, mi dulce niña. Has elegido entre el amor y la conveniencia. Y yo he perdido más que una mujer, más que una niña de veintitrés años, he perdido el deseo de vivir, me he convertido en un hombre demasiado viejo para volver a intentarlo. He perdido a la única mujer porque la que moriría con los ojos cerrados.
Lo que en uno es drama en otro es melodrama. Ríe payaso canta el tenor mientras va muriendo. No hay lágrimas más amargas que las que no se lloran. Cada cual sabe el tamaño de la cruz que carga. Lo que en otros es dolor desgarrado en los demás es ridícula cursilería. Qué nos importa el dolor ajeno. Qué nos importa saber que alguien esta muriendo de amor. A nosotros solamente nos importa el dolor y la desesperación propia. A nosotros solamente nos importa el gemir y arrastrar de cadenas propias. El mundo puede irse al carajo mientras lamemos nuestras heridas y desgarramos el corazón.
Y tenlo por seguro, no voy a buscarte. Ni hare drama excesivo, sólo el necesario para espantar los buitres. Seguiré de pie, seguiré haciendo las cosas de todos los días. He borrado de mi computadora la infinidad de fotografías que te he tomado, las que no se cómo borrar ni destruir son las que se me han escondido en el fondo del corazón y rebeldes se niegan acatar las ordenes de autodestrucción, quizá porque guardan la ínfima esperanza, como yo, para qué negarlo, de que tú vas a volver, de que tú vas a comprender que el amor solamente lo tienes conmigo, patética forma de ser hombre. He desterrado de la memoria tus gestos, tus gemidos cuando te hacía el amor y mi lengua se perdía en las húmedas hendiduras de tus despeñaderos.
Vete en paz, cásate con el que ha sido tu novio mientras tú y yo nos creíamos los únicos amantes del mundo, al menos en mi ingenuidad así lo creía, los únicos poseedores de los secretos del amor. Ya ves que al final nada fue cierto. Tú te has deshecho de mí, con una facilidad asombrosa, mujer tenías que ser. Y has dejado en el olvido las promesas, los besos, las cartas, el sudor de tu cuerpo bajo mi cuerpo. Vete en paz Sara, en el amor no se ruega, sólo se ama. Y tú no me amas, si lo hicieras no me abandonarías de esta manera. Vete en paz, cásate como dijiste que lo vas hacer, vive la vida que sueñas, lejos de mí, lejos de nuestro amor, que yo sabré encuentrar la manera de morir dignamente. Y la única manera de demostrarte que yo sí te amo es dejándote ir. Dejándote ser feliz con otro. Buena suerte, amor.
miércoles, 29 de octubre de 2008
La otra muerte, la que no mata, la que destruye
Jesús Marín
Cuando tú hayas ido de mi vida, tendré que aprender a vivir sin ojos. A respirar sin aire, a latir sin corazón. Tendré que aprender a morir la muerte de los abandonados, la muerte de los que han perdido a la única mujer que podían llamar vida. Porque nadie puede vivir sin sangre. Porque nadie puede habitar un cuerpo vacío. Y nadie puede soportar tanto frío aquí dentro.
Y veré la muerte en tus ojos como dice el poeta ,Sara, amor mío, en esos ojos que fueron mi luz, en esos ojos que me enseñaron lo que es la ternura . Tus ojos de niña, de vampiro, de mujer, de muerte, de oscuridad que ahora me condenan al dolor eterno, que ahora me condena a la no muerte, a esa muerte que lacera, que carcome por dentro, que nos va destruyendo lentamente, que destruye el alma.
Esos ojos que han curado las heridas de mi alma. Esos ojos que por un momento me hicieron creer. Ahora me dicen adiós, ahora cada vez están más lejanos. Y la luz se extingue. Y he vuelto a ser ciego. Y he vuelto a mi vida sin vida. He vuelto a ser muerto, piedra, noche, precipicio.
Ahora llevo la marca de los malditos, de los que han sido crucificados sin cruz. De los que les esta prohibido abrir los ojos. Ahora sufro la muerte de los no vivos, de los que respiran sin sangre, de los que ven sin ver, de los que caminar sin sentir el camino, de los que bebe agua sin tener sed.
Ahora sufro la muerte de los de los que solamente quieren dormir, dormir eternamente, de los que quieren refugiarse en las cuevas, en los panteones. De los que han perdido toda fe y todo Dios.
Una muerte que no mata la vida, destruye el corazón, arranca el alma. Una muerte silenciosa que se va apoderando de las palabras, de las ganas de abrir los ojos, y será un caer infinito, y será un caminar desamparado por las calles, tratando de encontrarte en el rostro de cada mujer que vea en la calle, pero ninguna serás tú, ninguna podrá hacerme sentir este latir de campanas y este trinar de gorriones. Ninguna serás tú, Sara y es un dolor que no podré soportar. Y será mi muerte y mi condena.
Cuando tú te hayas ido, Sara, procura cerrar bien mi ataúd, procura no despedirte de mí, simplemente desaparece de mi vida, porque así mantendré la esperanza de que vas a regresar de entre los muertos.
De qué manera puedo pedirte que no te vayas, que no me abandones a los lobos, si ya te lo he dicho todo. Ya no tengo palabras para decirte las mil formas que te amo. Ya no tengo sangre que ofrecerte. Yo solo puedo quedarme a mitad de la noche rezando porque tú comprendas la clase de amor que te tengo, Ya no puedo hacerte comprender que eres mi sol, mi dios, mi hogar, mi iglesia. Yo estoy muy cansado. Yo te necesito tanto, eres mi vida. Sé ahora mi muerte con tu adiós.
Lo sé, tú nunca me prometiste la eternidad. Tú nunca me has dicho con tus palabras que me amas, me lo has dicho con tus labios al morderme, me lo has dicho tus ojos cuando me miras de esa forma que ninguna mujer puede mirarme. Me lo dice tu vientre que tiembla cuando lo beso, me lo ha dicho la sangre que he bebido de entre tus piernas. Me lo ha gritado el templo de tu cuerpo cuando rezó. Me ha dicho que me amas la dureza de tu pezón cuando lo hago cómplice de mi lengua y de mi saliva. Me amas lo sé, pero es mayor tu cobardía, es mayor tu miedo. Y la prueba la tengo en la espalda, donde tus uñas han dejado las heridas de tu amor. Y la prueba es que no me miras a los ojos cuando dices que te vas. Vete Sara, sé feliz sin mí. Entiérrame y vete en paz.
¿Podré imaginar un mundo sin ti, Sara?, ¿podré despertarme cada mañana sin la esperanza de que ocurra el milagro de estar juntos, robándole a la vida una hora, dos horas para salvarnos de opresión del mundo ,para convertir nuestra alma en una sola, y crear nuestro propio indestructible eterno mundo.
¿Cómo haré para resignarme a estar sin ti?, a vivir la vida de forma cotidiana como si no hubieras existido estos años, como si el haberte conocido no me hubiera marcado, no me hubiera convertido en otro hombre, no me hubiera devuelto al niño que creía perdido.
¿Podré resistir el ya no verte?, el ya no escuchar tu voz diciéndome que todo esta bien. Llamando mi niño. Tú eres el vientre en que he renacido, cuando tu voz pronuncia mi nombre, aquí adentro se crean universos, aquí dentro la luz del mundo me inunda. Yo sin ti soy un como un niño en la oscuridad y aprendí tu nombre como se aprende el nombre de Dios, ¿por qué te vas así, sin decirme una sola vez que me amas, solo me abrazas fuerte y pones tu rostro sobre mi pecho y me dice decirme que todo estará bien, cómo va estarlo si tú te vas a vivir otra vida sin mí.
Dame muerte por tu mano, que entonces no habrá muerte más dulce que morir a manos de la mujer que Dios puso en mi corazón para salvación de mi alma. Ahora que te vayas no te despidas. Sólo vete y ya. Ahora estoy ciego, mutilado. Muerto. Y tus palabras de despedida serían mi epitafio. Vete y déjame con esta muerte que no se apiada de nadie. Con este dolor que ahora tendrá tu nombre. Vete Sara. Te amo pero ni eso fue suficiente. Vete que los muertos se pudren rápido.
Mi vida sin ti
Es difícil a veces dejar las máscaras y mostrarse tal y cual es uno. Es difícil reconocer que sé es vulnerable. Que uno nunca ha dejado de ser un niño pequeño, temeroso de la oscuridad y que lo único que uno necesita es que alguien te abrace muy fuerte. Que lo único que se necesita es creer en alguien y tener por fin , alguien por quien morir cada día.
Es difícil reconocer este amor callado que siempre he tenido por ti. Es difícil decir las palabras que rompan esta caída , esta ir de cama en cama, de mujer en mujer, es difícil que tú me creas, tú que me has visto llorar en tu hombro, tú, que con tus blancas manos me han salvado de la rabia. Es difícil ,ahora ,, hablarte como te estoy hablando y que tú me creas, mi dulce niña.
Uno va por la vida con infinidad de rostros, con infinidad de imposturas. Pero a veces fingir cansa, a veces vivir con los ojos cerrados duele. Dejemos por un momento nuestra actuación, , déjame que te hable del fondo del corazón, de ese lugar que no comparto con nadie, donde escondo del mundo lo que siento por ti, donde habita ese niño que en realidad sabes que soy yo. Déjame que te hable con estos ojos de hombre que ya no pueden callar ante la belleza de tu alma, ante el deslumbramiento de tu piel y ante el precipicio de tu cuerpo. Y decirte las cosas que como amigo me tengo prohibido, decirte que ya no es suficiente ese ligero y imperceptible beso que te doy en la mejilla cuando nos encontramos, decirte que ya no es suficiente con tomarte de la mano apenas el instante suficiente para no enloquecer y soportar heroicamente las ganas de aprisionarte en mis brazos, de robar la tranquilidad de tu cintura.
Quiero saber que se siente caminar contigo en la madrugada, tomados de la mano. Quiero saber que se siente morderte en el cuello y que se siente dormir en tu vientre.
Ya me cansé de mi vida sin ti, , ya me cansé de percibirte triste aunque tus enormes ojos brillen y digan otra cosa, bien sabes, que tú y yo estamos tan cerca como nunca lo estaremos de otros, que tú y yo podemos formar perfectamente la palabra amor y ser uno solo. Bastaría con dejar nuestros miedos y temores, bastaría, con que me dejes darte un solo beso. Un solo beso para que sientas este amor que yace callado y esperando por tu vientre, un beso para empezar a perdonar al mundo, para olvidar el rencor y el cansancio. Un beso de tu boca oh mi ángel , oh mi niña, un beso como principio y luz del mundo. Un beso de tus labios, mi niña traviesa, un beso para salvarme de esta ceguera en que he vivido. Uno solo beso de tu boca, mi niña es lo que te pido, un beso que me haga sentir que Dios esta conmigo de nuevo. Un beso que sane este dolor de orfandad.
Yo sé que de noche ante la soledad de tu cuarto has querido encontrar alguien que de verdad te ame más allá de tu imagen de ángel. Yo sé que puedo ser esa persona y que tú puedes ser mi mundo, y tú puedes ser mi bendición. Yo también ya me cansé de fingir que no pasa nada. Yo también me cansé de vivir sin ti, . Déjame despertar contigo abrazado, deja que nuestros cuerpos encuentren su propio idioma y se conviertan en carne de mi carne y en carne de tu carne. Déjame conocer las canciones que nadie ha escuchado de tu otra voz. Déjame probar la miel que se esconde en el lóbulo de tu oreja. Déjame amarte, y vuelve a vivir, amiga mía, pequeño ángel de mi corazón.
Ya me cansé de soñarte, de despertar cada mañana, esperándote verte dormida a mi lado. Quiero saber como se escucha mi nombre pronunciado en esos labios, en esa boca que provoca mis antojos e incita mis delirios.
Ya me cansé andar errabundo sin hogar ni patria. Sin Dios. Y me cansé de adorar falsos dioses y llorar ante tumbas vacías, quiero una mujer de verdad, quiero una mujer como tú , que sepa entregar el alma en un beso, que sepa amar por una eternidad.
Sé mi ángel , sé la dulce mujer que venga a rescatarme de este naufragio, sé mi isla en este mar llamado vida. Sé la luz que ilumine mi camino. Ya me cansé de mi vida sin ti.
Cuando un hombre ama a una mujer
¿Cómo le hablas de luz a un ciego?
A veces lo único que uno puede hacer en la vida es tratar de ser un hombre, comportarse como un hombre. Ser un hombre frente a los otros hombres, caminar como un hombre, beber cerveza como un hombre, aunque por dentro se esté de rodillas, aunque por dentro se sangre y el dolor nos queme. Aunque por las noches acabes en la cama, doblado, apretándote el vientre, aguantándote las ganas de ir a buscarla.
Ser un hombre para no rendirse y no caer, aunque ya vivas desde hace tiempo en el abismo, con un hueco aquí dentro y un vacío entre tus manos. Y todo lo que deseas es que ella diga tu nombre y ella te abrace muy fuerte para olvidar el desamparo de hacer nacido solo, de morir tan solo. Cuando un hombre ama a una mujer por ella es capaz de todo, incluso de renunciar a ella.
Una vez leí que un hombre puede ser derrotado pero no vencido. En ese entonces no lo entendí del todo, quizá porque no conocía de derrotas, de la verdadera derrota, de la que un hombre no se levanta. La de ser vencido por una mujer. Y es que cuando un hombre ama a una mujer por ella lo deja todo, por ella deja su hombría, a sus amigos, por ella se moja bajo la lluvia esperándola toda una noche, toda una vida. Por ella se deja morir. Y no hay peor muerte en vida que la de morir de amor por una mujer. De esa muerte ya no te puedes levantar y si uno sigue adelante es porque un hombre nunca se rinde, y es porque uno hombre no sabe de lágrimas ni de derrotas. Y aunque uno ya esté muerto, uno debe seguir viviendo porque uno no sabe hacer otra cosa, porque a uno no lo enseñaron a rendirse, a dejarse morir en silencio.
Uno debe aparentar que todo esta bien, que solamente fue otra más en el camino, que mujeres hay muchas y de sobra, y a lo mejor es cierto, pero solamente hay un mujer que te hace vibrar, que hace que te tiemblen las corvas cuando ella pasa su mano por tu rostro y te llama mi niño y te dice que todo esta bien y tú te refugias en su pecho, en su inocente vientre que no sabe de maldades, que no sabe de odios y solamente ahí puedes ser un verdadero hombre, y solamente ahí puedes volver a ser de nuevo un niño. Y ella te mira con sus ojos de mujer, con sus ojos de amante, con sus ojos de ángel, con sus ojos de madre, y uno se da cuenta que no habrá mujer en el mundo que puedas amar como amas a ella, y uno se da cuenta que uno podría morirse si ella se lo pide. Y uno muere cada día que pasa lejos de ella, cada noche que no esta junto a ti para consolarte del desamparo, para ofrecerte su cobijo y su ternura.
Cuando un hombre ama a una mujer por ella podrá dejar la vida. Y la deja. Por ella podría convertirse en mil hombres. Y se convierte. Por ella daría su sangre y su corazón. Y los deja. Cuando un hombre ama a una mujer vuelve a ser un niño, indefenso e inocente, ofreciéndole su corazón, ofreciéndole la ternura de no saber como amarla, pero la ama y muere por ella. Cuando un hombre ama a una mujer hasta el mismo Dios se conmueve, porque no hay amor más puro que el amor de un hombre que muere por lo que ama, por lo que cree. Por la única mujer que podrá amar así en su vida. Por la mujer que lo convierte en algo más que un hombre, en algo más que un ángel, en casi Dios.
Pero a dónde ir cuando esa mujer no te ama como tú la amas, cómo ser entonces un hombre, cómo comportarse como tal. Cómo caminar de nuevo al sol cuando tienes el corazón destrozado, cuando una parte de ti ya no funciona. Cuando estás en la lona, noqueado y mirando los destellos de las luces, escuchando los gritos de lo demás. Y te quieres quedar ahí abajo, tirado y vencido. Noqueado sin haber recibido un solo golpe, sin haber recibido una sola herida. Y lo único que pasa por tu mente es que ojalá ella estuviera contigo.
Cómo explicarte mi niña que mi mundo eres tú. Que tú eres la mujer que yo soñé para fundar un mundo, para perpetuar mi sangre en tu sangre. Cómo explicarte que lo único que deseo es amanecer cada día a tu lado y mirarte junto a mí, dormida como aquel domingo y besarnos hasta que los labios nos sangren y me arañes la espalda y grites mi nombre cuando hacemos el amor. Como explicarte que mi mundo eres tú, que antes de ti no hubo mujer y después de ti no la habrá, que tú eres la mujer que yo amo y por la que quiero morir. Por la que hoy estoy muriendo, porque ahora sé que de amor, sí se puede morir.
Cómo explicarte que tú, a tus veintitrés años me haces llorar con tan solo decirme que ya no me quieres ver, que no tienes tiempo para mí, cómo explicarte que me haces sentir completo, que a tu lado creo en Dios y en todo lo que me digas, bendita eres entre todas las mujeres y bendito sea tu vientre, oh mi dulce Sara.
Cómo explicarte que iluminas mi vida con tan sólo mirarme con tus ojos que cierran las heridas, con tus manos que hacen milagros en mi cuerpo con tocarme y donde antes era desierto ahora es vergel Y donde antes hubo muerte ahora hay un hombre. Y tu boca hace crecer flores en mis manos con tan sólo besarlas. Tu voz es la voz del mundo, es la voz de Dios, haciéndome renacer, convirtiendo la oscuridad en luz, convirtiéndome en hombre salvo, dándome el perdón de siglos de odios.
Por ti, Sara, vuelvo a ser un niño, por ti soy un hombre que te ama. Eres la luz del mundo para perdón de mis pecados. Eres Dios convertido en vientre, eres mi segunda madre. Por ti la muerte se convierte en vida. Por ti estoy muriendo. En tu vientre encomiendo mi espíritu. Una palabra tuya bastara. Bendita seas por los siglos de los siglos. Amén.
Jesús Marín
Cuando tú hayas ido de mi vida, tendré que aprender a vivir sin ojos. A respirar sin aire, a latir sin corazón. Tendré que aprender a morir la muerte de los abandonados, la muerte de los que han perdido a la única mujer que podían llamar vida. Porque nadie puede vivir sin sangre. Porque nadie puede habitar un cuerpo vacío. Y nadie puede soportar tanto frío aquí dentro.
Y veré la muerte en tus ojos como dice el poeta ,Sara, amor mío, en esos ojos que fueron mi luz, en esos ojos que me enseñaron lo que es la ternura . Tus ojos de niña, de vampiro, de mujer, de muerte, de oscuridad que ahora me condenan al dolor eterno, que ahora me condena a la no muerte, a esa muerte que lacera, que carcome por dentro, que nos va destruyendo lentamente, que destruye el alma.
Esos ojos que han curado las heridas de mi alma. Esos ojos que por un momento me hicieron creer. Ahora me dicen adiós, ahora cada vez están más lejanos. Y la luz se extingue. Y he vuelto a ser ciego. Y he vuelto a mi vida sin vida. He vuelto a ser muerto, piedra, noche, precipicio.
Ahora llevo la marca de los malditos, de los que han sido crucificados sin cruz. De los que les esta prohibido abrir los ojos. Ahora sufro la muerte de los no vivos, de los que respiran sin sangre, de los que ven sin ver, de los que caminar sin sentir el camino, de los que bebe agua sin tener sed.
Ahora sufro la muerte de los de los que solamente quieren dormir, dormir eternamente, de los que quieren refugiarse en las cuevas, en los panteones. De los que han perdido toda fe y todo Dios.
Una muerte que no mata la vida, destruye el corazón, arranca el alma. Una muerte silenciosa que se va apoderando de las palabras, de las ganas de abrir los ojos, y será un caer infinito, y será un caminar desamparado por las calles, tratando de encontrarte en el rostro de cada mujer que vea en la calle, pero ninguna serás tú, ninguna podrá hacerme sentir este latir de campanas y este trinar de gorriones. Ninguna serás tú, Sara y es un dolor que no podré soportar. Y será mi muerte y mi condena.
Cuando tú te hayas ido, Sara, procura cerrar bien mi ataúd, procura no despedirte de mí, simplemente desaparece de mi vida, porque así mantendré la esperanza de que vas a regresar de entre los muertos.
De qué manera puedo pedirte que no te vayas, que no me abandones a los lobos, si ya te lo he dicho todo. Ya no tengo palabras para decirte las mil formas que te amo. Ya no tengo sangre que ofrecerte. Yo solo puedo quedarme a mitad de la noche rezando porque tú comprendas la clase de amor que te tengo, Ya no puedo hacerte comprender que eres mi sol, mi dios, mi hogar, mi iglesia. Yo estoy muy cansado. Yo te necesito tanto, eres mi vida. Sé ahora mi muerte con tu adiós.
Lo sé, tú nunca me prometiste la eternidad. Tú nunca me has dicho con tus palabras que me amas, me lo has dicho con tus labios al morderme, me lo has dicho tus ojos cuando me miras de esa forma que ninguna mujer puede mirarme. Me lo dice tu vientre que tiembla cuando lo beso, me lo ha dicho la sangre que he bebido de entre tus piernas. Me lo ha gritado el templo de tu cuerpo cuando rezó. Me ha dicho que me amas la dureza de tu pezón cuando lo hago cómplice de mi lengua y de mi saliva. Me amas lo sé, pero es mayor tu cobardía, es mayor tu miedo. Y la prueba la tengo en la espalda, donde tus uñas han dejado las heridas de tu amor. Y la prueba es que no me miras a los ojos cuando dices que te vas. Vete Sara, sé feliz sin mí. Entiérrame y vete en paz.
¿Podré imaginar un mundo sin ti, Sara?, ¿podré despertarme cada mañana sin la esperanza de que ocurra el milagro de estar juntos, robándole a la vida una hora, dos horas para salvarnos de opresión del mundo ,para convertir nuestra alma en una sola, y crear nuestro propio indestructible eterno mundo.
¿Cómo haré para resignarme a estar sin ti?, a vivir la vida de forma cotidiana como si no hubieras existido estos años, como si el haberte conocido no me hubiera marcado, no me hubiera convertido en otro hombre, no me hubiera devuelto al niño que creía perdido.
¿Podré resistir el ya no verte?, el ya no escuchar tu voz diciéndome que todo esta bien. Llamando mi niño. Tú eres el vientre en que he renacido, cuando tu voz pronuncia mi nombre, aquí adentro se crean universos, aquí dentro la luz del mundo me inunda. Yo sin ti soy un como un niño en la oscuridad y aprendí tu nombre como se aprende el nombre de Dios, ¿por qué te vas así, sin decirme una sola vez que me amas, solo me abrazas fuerte y pones tu rostro sobre mi pecho y me dice decirme que todo estará bien, cómo va estarlo si tú te vas a vivir otra vida sin mí.
Dame muerte por tu mano, que entonces no habrá muerte más dulce que morir a manos de la mujer que Dios puso en mi corazón para salvación de mi alma. Ahora que te vayas no te despidas. Sólo vete y ya. Ahora estoy ciego, mutilado. Muerto. Y tus palabras de despedida serían mi epitafio. Vete y déjame con esta muerte que no se apiada de nadie. Con este dolor que ahora tendrá tu nombre. Vete Sara. Te amo pero ni eso fue suficiente. Vete que los muertos se pudren rápido.
Mi vida sin ti
Es difícil a veces dejar las máscaras y mostrarse tal y cual es uno. Es difícil reconocer que sé es vulnerable. Que uno nunca ha dejado de ser un niño pequeño, temeroso de la oscuridad y que lo único que uno necesita es que alguien te abrace muy fuerte. Que lo único que se necesita es creer en alguien y tener por fin , alguien por quien morir cada día.
Es difícil reconocer este amor callado que siempre he tenido por ti. Es difícil decir las palabras que rompan esta caída , esta ir de cama en cama, de mujer en mujer, es difícil que tú me creas, tú que me has visto llorar en tu hombro, tú, que con tus blancas manos me han salvado de la rabia. Es difícil ,ahora ,, hablarte como te estoy hablando y que tú me creas, mi dulce niña.
Uno va por la vida con infinidad de rostros, con infinidad de imposturas. Pero a veces fingir cansa, a veces vivir con los ojos cerrados duele. Dejemos por un momento nuestra actuación, , déjame que te hable del fondo del corazón, de ese lugar que no comparto con nadie, donde escondo del mundo lo que siento por ti, donde habita ese niño que en realidad sabes que soy yo. Déjame que te hable con estos ojos de hombre que ya no pueden callar ante la belleza de tu alma, ante el deslumbramiento de tu piel y ante el precipicio de tu cuerpo. Y decirte las cosas que como amigo me tengo prohibido, decirte que ya no es suficiente ese ligero y imperceptible beso que te doy en la mejilla cuando nos encontramos, decirte que ya no es suficiente con tomarte de la mano apenas el instante suficiente para no enloquecer y soportar heroicamente las ganas de aprisionarte en mis brazos, de robar la tranquilidad de tu cintura.
Quiero saber que se siente caminar contigo en la madrugada, tomados de la mano. Quiero saber que se siente morderte en el cuello y que se siente dormir en tu vientre.
Ya me cansé de mi vida sin ti, , ya me cansé de percibirte triste aunque tus enormes ojos brillen y digan otra cosa, bien sabes, que tú y yo estamos tan cerca como nunca lo estaremos de otros, que tú y yo podemos formar perfectamente la palabra amor y ser uno solo. Bastaría con dejar nuestros miedos y temores, bastaría, con que me dejes darte un solo beso. Un solo beso para que sientas este amor que yace callado y esperando por tu vientre, un beso para empezar a perdonar al mundo, para olvidar el rencor y el cansancio. Un beso de tu boca oh mi ángel , oh mi niña, un beso como principio y luz del mundo. Un beso de tus labios, mi niña traviesa, un beso para salvarme de esta ceguera en que he vivido. Uno solo beso de tu boca, mi niña es lo que te pido, un beso que me haga sentir que Dios esta conmigo de nuevo. Un beso que sane este dolor de orfandad.
Yo sé que de noche ante la soledad de tu cuarto has querido encontrar alguien que de verdad te ame más allá de tu imagen de ángel. Yo sé que puedo ser esa persona y que tú puedes ser mi mundo, y tú puedes ser mi bendición. Yo también ya me cansé de fingir que no pasa nada. Yo también me cansé de vivir sin ti, . Déjame despertar contigo abrazado, deja que nuestros cuerpos encuentren su propio idioma y se conviertan en carne de mi carne y en carne de tu carne. Déjame conocer las canciones que nadie ha escuchado de tu otra voz. Déjame probar la miel que se esconde en el lóbulo de tu oreja. Déjame amarte, y vuelve a vivir, amiga mía, pequeño ángel de mi corazón.
Ya me cansé de soñarte, de despertar cada mañana, esperándote verte dormida a mi lado. Quiero saber como se escucha mi nombre pronunciado en esos labios, en esa boca que provoca mis antojos e incita mis delirios.
Ya me cansé andar errabundo sin hogar ni patria. Sin Dios. Y me cansé de adorar falsos dioses y llorar ante tumbas vacías, quiero una mujer de verdad, quiero una mujer como tú , que sepa entregar el alma en un beso, que sepa amar por una eternidad.
Sé mi ángel , sé la dulce mujer que venga a rescatarme de este naufragio, sé mi isla en este mar llamado vida. Sé la luz que ilumine mi camino. Ya me cansé de mi vida sin ti.
Cuando un hombre ama a una mujer
¿Cómo le hablas de luz a un ciego?
A veces lo único que uno puede hacer en la vida es tratar de ser un hombre, comportarse como un hombre. Ser un hombre frente a los otros hombres, caminar como un hombre, beber cerveza como un hombre, aunque por dentro se esté de rodillas, aunque por dentro se sangre y el dolor nos queme. Aunque por las noches acabes en la cama, doblado, apretándote el vientre, aguantándote las ganas de ir a buscarla.
Ser un hombre para no rendirse y no caer, aunque ya vivas desde hace tiempo en el abismo, con un hueco aquí dentro y un vacío entre tus manos. Y todo lo que deseas es que ella diga tu nombre y ella te abrace muy fuerte para olvidar el desamparo de hacer nacido solo, de morir tan solo. Cuando un hombre ama a una mujer por ella es capaz de todo, incluso de renunciar a ella.
Una vez leí que un hombre puede ser derrotado pero no vencido. En ese entonces no lo entendí del todo, quizá porque no conocía de derrotas, de la verdadera derrota, de la que un hombre no se levanta. La de ser vencido por una mujer. Y es que cuando un hombre ama a una mujer por ella lo deja todo, por ella deja su hombría, a sus amigos, por ella se moja bajo la lluvia esperándola toda una noche, toda una vida. Por ella se deja morir. Y no hay peor muerte en vida que la de morir de amor por una mujer. De esa muerte ya no te puedes levantar y si uno sigue adelante es porque un hombre nunca se rinde, y es porque uno hombre no sabe de lágrimas ni de derrotas. Y aunque uno ya esté muerto, uno debe seguir viviendo porque uno no sabe hacer otra cosa, porque a uno no lo enseñaron a rendirse, a dejarse morir en silencio.
Uno debe aparentar que todo esta bien, que solamente fue otra más en el camino, que mujeres hay muchas y de sobra, y a lo mejor es cierto, pero solamente hay un mujer que te hace vibrar, que hace que te tiemblen las corvas cuando ella pasa su mano por tu rostro y te llama mi niño y te dice que todo esta bien y tú te refugias en su pecho, en su inocente vientre que no sabe de maldades, que no sabe de odios y solamente ahí puedes ser un verdadero hombre, y solamente ahí puedes volver a ser de nuevo un niño. Y ella te mira con sus ojos de mujer, con sus ojos de amante, con sus ojos de ángel, con sus ojos de madre, y uno se da cuenta que no habrá mujer en el mundo que puedas amar como amas a ella, y uno se da cuenta que uno podría morirse si ella se lo pide. Y uno muere cada día que pasa lejos de ella, cada noche que no esta junto a ti para consolarte del desamparo, para ofrecerte su cobijo y su ternura.
Cuando un hombre ama a una mujer por ella podrá dejar la vida. Y la deja. Por ella podría convertirse en mil hombres. Y se convierte. Por ella daría su sangre y su corazón. Y los deja. Cuando un hombre ama a una mujer vuelve a ser un niño, indefenso e inocente, ofreciéndole su corazón, ofreciéndole la ternura de no saber como amarla, pero la ama y muere por ella. Cuando un hombre ama a una mujer hasta el mismo Dios se conmueve, porque no hay amor más puro que el amor de un hombre que muere por lo que ama, por lo que cree. Por la única mujer que podrá amar así en su vida. Por la mujer que lo convierte en algo más que un hombre, en algo más que un ángel, en casi Dios.
Pero a dónde ir cuando esa mujer no te ama como tú la amas, cómo ser entonces un hombre, cómo comportarse como tal. Cómo caminar de nuevo al sol cuando tienes el corazón destrozado, cuando una parte de ti ya no funciona. Cuando estás en la lona, noqueado y mirando los destellos de las luces, escuchando los gritos de lo demás. Y te quieres quedar ahí abajo, tirado y vencido. Noqueado sin haber recibido un solo golpe, sin haber recibido una sola herida. Y lo único que pasa por tu mente es que ojalá ella estuviera contigo.
Cómo explicarte mi niña que mi mundo eres tú. Que tú eres la mujer que yo soñé para fundar un mundo, para perpetuar mi sangre en tu sangre. Cómo explicarte que lo único que deseo es amanecer cada día a tu lado y mirarte junto a mí, dormida como aquel domingo y besarnos hasta que los labios nos sangren y me arañes la espalda y grites mi nombre cuando hacemos el amor. Como explicarte que mi mundo eres tú, que antes de ti no hubo mujer y después de ti no la habrá, que tú eres la mujer que yo amo y por la que quiero morir. Por la que hoy estoy muriendo, porque ahora sé que de amor, sí se puede morir.
Cómo explicarte que tú, a tus veintitrés años me haces llorar con tan solo decirme que ya no me quieres ver, que no tienes tiempo para mí, cómo explicarte que me haces sentir completo, que a tu lado creo en Dios y en todo lo que me digas, bendita eres entre todas las mujeres y bendito sea tu vientre, oh mi dulce Sara.
Cómo explicarte que iluminas mi vida con tan sólo mirarme con tus ojos que cierran las heridas, con tus manos que hacen milagros en mi cuerpo con tocarme y donde antes era desierto ahora es vergel Y donde antes hubo muerte ahora hay un hombre. Y tu boca hace crecer flores en mis manos con tan sólo besarlas. Tu voz es la voz del mundo, es la voz de Dios, haciéndome renacer, convirtiendo la oscuridad en luz, convirtiéndome en hombre salvo, dándome el perdón de siglos de odios.
Por ti, Sara, vuelvo a ser un niño, por ti soy un hombre que te ama. Eres la luz del mundo para perdón de mis pecados. Eres Dios convertido en vientre, eres mi segunda madre. Por ti la muerte se convierte en vida. Por ti estoy muriendo. En tu vientre encomiendo mi espíritu. Una palabra tuya bastara. Bendita seas por los siglos de los siglos. Amén.
lunes, 22 de septiembre de 2008
el libro de Sarah
El libro de Sarah, la verdadera historia.
A veces es imposible hablar cuando se habita la oscuridad. Cuando un solo nombre hace que se derrumbe el cielo. El libro de Sarah es una antología de poesía, escritos para una muchacha llamada Sara. Son cartas y poemas en prosa publicados durante más de dos años en diferentes revistas y periódicos de Durango. Y hoy, con este libro se le rinde un homenaje póstumo a ella, Sara, desaparecida del mundo de los vivos hará cosa de dos años.
Dos años que son apenas breves instantes en la historia de la eternidad, pero para quien los sufre se convierten en siglos de desesperación. De cierta manera yo la maté. Y sigo libre, y sigo vivo, bueno si ha esta forma de sobrevivir sin ella, se puede llamar vida. Esa es mi condena: seguir vivo sin Ella.
Son poemas y cartas que le he escrito a Sara desde el exilio, desde el destierro a que ella me condenó aquella madrugada de septiembre, cuando en la tina de baño de un hotel de paso de Tijuana, a donde nos habíamos refugiado en un intento de construir un mundo para los dos, en un intento de olvidar el dolor y la guerra.
Fue a las tres de la madrugada cuando el intenso frío y el silencio me despertaron, y ella ya no estaba a mi lado, desde el baño provenía un pálido resplandor, como si un pequeño sol estuviera fraguándose ahí dentro; un goteo se escuchaba, un goteo de sangre y no de agua como pensé en ese momento: Sara, pequeña, ¿estás ahí?
Me encontré con su rostro pálido, con su cuerpo de ángel despojado de toda santidad y con sus ojos tan abiertos que aún no dejó de de mirarlos, aquí en mi mente, aquí en mi corazón. Esa mirada vacía donde antes brillaba la luz que iluminó este vacío corazón. En sus ojos, donde antes habitaba una fe que mujer alguna me había brindado en mi vida errante, los encontré terriblemente condenatorios, cómo preguntándome, ¿por qué no la había salvado? Y ahí terminó todo, cuando esa mirada fue estéril, cuando esa mirada ya no provocaba tempestades. La encontré frágil y quebrada, con las venas abiertas, ya sin gota de sangre, ya sin gota de vida, dejándome unas cuantas letras a manera de despedida: “quizá sólo no tengamos que buscarnos, ni gritarnos, sino sentirnos, permitir que nuestra esencia entre en nuestro Ser recorriéndonos, cuídate mi Señor, mi amado demonio, y perdona mi cobardía”
Fue cerca del mediodía cuando avisé a las autoridades, me quedé casi diez horas estático, mirándola. No quería separarme de ella. Luego vino el interrogatorio, las aclaraciones, el viacrucis. Desde entonces lo único que he podido hacer es escribir estas cartas de amor, cartas de amor agónico, de un amor que ni la muerte ha podido destruir. Y sé -tiene que ser así, Dios no puede ser tan cruel- , que de algún modo, ella sabe que la sigo amando. Hoy, a dos años de su desaparición física, todavía no puedo entender porque me abandonó de esa manera, porque me dejó en este desamparo. Apenas recuerdo, entre brumas, que fui interrogado, luego entre amigos poetas de allá, me ayudaron a sepultar su cuerpo en el cementerio municipal de Tijuana. Ahí también me sepultaron a mí, esa tarde.
El libro de Sarah reúne los escritos que durante más de dos años le estado enviando al infinito, pidiéndole que regrese de donde se encuentra. Sé que algún día volveremos a estar juntos. Ella tenía veintidós años cuando tomó la decisión de abrir sus venas y escapar. Yo ahora me siento como de cien años. En el libro de Sarah recoge diez cartas escritas a la llamada princesa oscura, al ángel, al demonio, a la niña siempre triste llamada Sarah, Sara, fue la única manera que encontré ya no de vivir, si no sobrevivir estos años, duros años de sentirme culpable por no haber dicho una palabra, por no haber estado cuando ella más me necesitaba. De cierta manera, también es una catarsis, una forma de expiación, de resucitarla, porque lo que uno ama desde el corazón jamás muere. Quizá también sea una forma de volver a empezar. ¿Aunque cómo se puede vivir sin corazón?
Decía le escritor Oscar Wilde, que aun desde el fondo de un barranco es posible ver las estrellas. En el libro de Sarah, aparte de las cartas, se encontraran varios testimonios, escrito bajo el mismo luto, bajo el mismo dolor de perdida, porque cuando uno pierde lo que más amaba en la vida, la misma vida se acaba ahí mismo. Y yo me quedé aquella fría y lluviosa tarde de septiembre, cuando en compañía de algunos cuantos hermanos poetas, me acompañaron a llevar ese burdo féretro de madera donde estaban los restos mortales de mi princesa, y todavía sigo escuchando cada noche su voz, repitiendo entre el viento, mi nombre, el que sólo ella conoce.
No sé donde estés Sara o si me estás observando con tus tristes cálidos ojos, pero va por ti, este humilde homenaje. Este ultimo verso. Esta ultima ilusión. Ya estoy muy cansado, cansado de despertarme cada mañana y no verte, de mirar esa única foto que nos tomamos en el desierto de Sonora, donde gritamos al viento nuestro verdadero nombre. Estoy muy cansado mi amada Sara, ven por mía ya no soporto más,. Y seamos la luz más bella, amada niña. Te amo donde quiera que estés.
A veces es imposible hablar cuando se habita la oscuridad. Cuando un solo nombre hace que se derrumbe el cielo. El libro de Sarah es una antología de poesía, escritos para una muchacha llamada Sara. Son cartas y poemas en prosa publicados durante más de dos años en diferentes revistas y periódicos de Durango. Y hoy, con este libro se le rinde un homenaje póstumo a ella, Sara, desaparecida del mundo de los vivos hará cosa de dos años.
Dos años que son apenas breves instantes en la historia de la eternidad, pero para quien los sufre se convierten en siglos de desesperación. De cierta manera yo la maté. Y sigo libre, y sigo vivo, bueno si ha esta forma de sobrevivir sin ella, se puede llamar vida. Esa es mi condena: seguir vivo sin Ella.
Son poemas y cartas que le he escrito a Sara desde el exilio, desde el destierro a que ella me condenó aquella madrugada de septiembre, cuando en la tina de baño de un hotel de paso de Tijuana, a donde nos habíamos refugiado en un intento de construir un mundo para los dos, en un intento de olvidar el dolor y la guerra.
Fue a las tres de la madrugada cuando el intenso frío y el silencio me despertaron, y ella ya no estaba a mi lado, desde el baño provenía un pálido resplandor, como si un pequeño sol estuviera fraguándose ahí dentro; un goteo se escuchaba, un goteo de sangre y no de agua como pensé en ese momento: Sara, pequeña, ¿estás ahí?
Me encontré con su rostro pálido, con su cuerpo de ángel despojado de toda santidad y con sus ojos tan abiertos que aún no dejó de de mirarlos, aquí en mi mente, aquí en mi corazón. Esa mirada vacía donde antes brillaba la luz que iluminó este vacío corazón. En sus ojos, donde antes habitaba una fe que mujer alguna me había brindado en mi vida errante, los encontré terriblemente condenatorios, cómo preguntándome, ¿por qué no la había salvado? Y ahí terminó todo, cuando esa mirada fue estéril, cuando esa mirada ya no provocaba tempestades. La encontré frágil y quebrada, con las venas abiertas, ya sin gota de sangre, ya sin gota de vida, dejándome unas cuantas letras a manera de despedida: “quizá sólo no tengamos que buscarnos, ni gritarnos, sino sentirnos, permitir que nuestra esencia entre en nuestro Ser recorriéndonos, cuídate mi Señor, mi amado demonio, y perdona mi cobardía”
Fue cerca del mediodía cuando avisé a las autoridades, me quedé casi diez horas estático, mirándola. No quería separarme de ella. Luego vino el interrogatorio, las aclaraciones, el viacrucis. Desde entonces lo único que he podido hacer es escribir estas cartas de amor, cartas de amor agónico, de un amor que ni la muerte ha podido destruir. Y sé -tiene que ser así, Dios no puede ser tan cruel- , que de algún modo, ella sabe que la sigo amando. Hoy, a dos años de su desaparición física, todavía no puedo entender porque me abandonó de esa manera, porque me dejó en este desamparo. Apenas recuerdo, entre brumas, que fui interrogado, luego entre amigos poetas de allá, me ayudaron a sepultar su cuerpo en el cementerio municipal de Tijuana. Ahí también me sepultaron a mí, esa tarde.
El libro de Sarah reúne los escritos que durante más de dos años le estado enviando al infinito, pidiéndole que regrese de donde se encuentra. Sé que algún día volveremos a estar juntos. Ella tenía veintidós años cuando tomó la decisión de abrir sus venas y escapar. Yo ahora me siento como de cien años. En el libro de Sarah recoge diez cartas escritas a la llamada princesa oscura, al ángel, al demonio, a la niña siempre triste llamada Sarah, Sara, fue la única manera que encontré ya no de vivir, si no sobrevivir estos años, duros años de sentirme culpable por no haber dicho una palabra, por no haber estado cuando ella más me necesitaba. De cierta manera, también es una catarsis, una forma de expiación, de resucitarla, porque lo que uno ama desde el corazón jamás muere. Quizá también sea una forma de volver a empezar. ¿Aunque cómo se puede vivir sin corazón?
Decía le escritor Oscar Wilde, que aun desde el fondo de un barranco es posible ver las estrellas. En el libro de Sarah, aparte de las cartas, se encontraran varios testimonios, escrito bajo el mismo luto, bajo el mismo dolor de perdida, porque cuando uno pierde lo que más amaba en la vida, la misma vida se acaba ahí mismo. Y yo me quedé aquella fría y lluviosa tarde de septiembre, cuando en compañía de algunos cuantos hermanos poetas, me acompañaron a llevar ese burdo féretro de madera donde estaban los restos mortales de mi princesa, y todavía sigo escuchando cada noche su voz, repitiendo entre el viento, mi nombre, el que sólo ella conoce.
No sé donde estés Sara o si me estás observando con tus tristes cálidos ojos, pero va por ti, este humilde homenaje. Este ultimo verso. Esta ultima ilusión. Ya estoy muy cansado, cansado de despertarme cada mañana y no verte, de mirar esa única foto que nos tomamos en el desierto de Sonora, donde gritamos al viento nuestro verdadero nombre. Estoy muy cansado mi amada Sara, ven por mía ya no soporto más,. Y seamos la luz más bella, amada niña. Te amo donde quiera que estés.
El muro que somos
Con un callado rezo por los que se han ido
por una plegaria por los que aún quedamos aquí
y la única oración es : ojalá estuvieras aquí
¿Has sentido como a medianoche duele la soledad más que a otra hora de la vida? Y cómo las viejas heridas que creías olvidadas, que creías cicatrizadas, se vuelven tan nítidamente dolorosas, tan rabiosamente despiadadas. Y la sal quemando en carne viva. Ella te sonríe desde el espejo, en ese otro mundo que ahora habita, ella es un reflejo de lo que amas, de lo que creías amar, de lo que ya no tienes, de cuando estabas vivo. O creías estarlo.
Has sentido que ese sopor que te invade, tras cuatro horas de mirar el ladrillo en la pared y de escuchar la otra voz que hay en tu cabeza, es todo el mundo que ahora tienes. Los días cuando eras joven quedaron atrás. Los días heroicos nunca existieron más que en tu imaginación, siempre fuiste el peón del alguien, de algo, siempre fuiste otro ladrillo en la pared. Y los tres o cuatro cadáveres que yacen el piso, secos de cerveza, lejanos como islas, ya no pueden tender sus redes hacia a ti, ya no pueden rescatarte de ti mismo. Y los recuerdos son lastres que pesan, que van jalándote del cuello hacia el abismo. Ya ni los días de tu niñez pueden salvarte.
Hace tanto frío aquí dentro y se esta tan solo. A tus cuarenta años la nostalgia es la única compañera fiel que te ha quedado. El muro cada vez se estrecha más, cada vez el círculo azul del cielo es más reducido. El muro es toda tu herencia y todo tu trofeo de una vida desperdiciada. De una muerte prematura. Nunca confíes en alguien mayor de treinta años.
Ojalá estuviera Ella aquí. Ojalá estuvieras tú aquí, ahora, como cuando teníamos la fe del mundo, cuando nos bastaba caminar juntos una tarde cualquiera. Y robarte en un beso la quietud del mundo. Y morir entre la calidez de tus muslos de veinte años, dulce chiquilla. Éramos tan necios, éramos tan ignorantes, tan estúpidamente puros. Ojalá estuvieras aquí destruyendo este gélido infierno, este sembradío marchito. De quién son tantos cadáveres alrededor, quién es el culpable de esta masacre. Hay tantos pájaros muertos en mi cabeza que ya el olor se esta volviendo insoportable. Y los rostros son tan iguales, y la sangre una misma, y el dolor, único padre, y ninguna eres tú; todos caminan al mismo paso y van cayendo uno a uno a la gran moledora de carne, y los ladrillos son tan iguales, y la muerte está tan lejana aún.
Suenas tan muerta dentro de mí, oh mi dulce niña. Llévame entre tus brazos blancos. Ven a sacar estas ratas dentro de mí, salva mi corazón, salva mis ojos. Ojalá tu voz fuera mi silencio. Ojalá tus ojos fueran mi oscuridad. Ojalá tus manos fueran mis cadenas: el muro asfixia , el muro de carne, el muro de miedo, el muro que somos, el muro que nos ahogara alguna noche, lejos del hogar: siempre es lejos del hogar. Siempre. El hogar no existe desde que murió madre. Desde que ella se fue soy huérfano del mundo. Madre no sabía de muros ni de pájaros muertos. Madre era la luz del mundo.
Es medianoche en mis ojos, donde ya nunca amanece. Es medianoche en mis cansadas manos. dondeí ya más nada florece. Haces falta aquí dentro para volver a escuchar al mar. Haces falta para encender la fe del mundo, para rescatar mis huesos de la arena. Haces falta para iluminar la tristeza de saberse hombre, de saberse derrotado mucho antes de volar. Hace falta la tibieza de tu abrazo. Hace falta tu voz construyendo soles aquí dentro, en mi piel y en mi corazón. Haces tanta falta en estas noches desérticas, en estas noches de estrellas apagadas y voces de muerto gritando por lo largo de la cripta, arañando las puertas, rompiendo los cristales. Haces tanta falta.
Ahora ya es tarde para soñar. Ahora ya es tarde para pedir perdón. Y es muy tarde para aprender a rezar. Fuimos por un instante invencibles. Fuimos por un instante dueños del mundo. Ahora somos cenizas. Ahora somos rescoldos que pronto dejaran de brillar. Fuimos diamantes locos brillando en la oscuridad del universo. No dejes de brillar nunca diamante loco. No dejes que el fuego se apague, no me dejes hermano en este páramo, sálvame de las máquinas descompuestas, sálvame de los perros rabiosos. Sálvame de mí mismo. Bájame ya de la cruz, hermano, apaga la luz del mundo, llévame a tu silencio, llévame a tu oscuridad, oh ángel hermoso, oh ángel, abre tus alas y llévame contigo, lejos de esta hipocresía, lejos de este dolor. Devuélveme a ella. Has que todo siga brillando diamante loco. Devuélvame a ella.
Ya no soporto la voz dentro de mí. Ya no soporto el hedor de los pájaros muertos ni este eclipse de mis ojos, ni este girar incontenible de mi cabeza. Haz que todo cese. Devuélvame a mi madre muerta. Devuélvame mi niñez. Devuélvame la parte de Dios que me corresponde. Has que cese la guerra. Has que cesen los gritos. Acaba con este muro. Ya no quiero ser un ladrillo en la pared, ya no quiero ser una isla. Ya no quiero brillar. Ojalá que estuvieras aquí, niña. Y me cobijaran tus ojos y me llevaras lejos de esta devastación y me dijeras que todo esta bien, que cierre los ojos y que nunca te iras de mi lado. Ojalá morir fuera tan fácil. Ojalá no fuéramos tan cobardes y cerráramos los ojos y nos dejáramos llevar por el viento de la noche, por el silencio del mar, por la risa de los peces, por el collar de la luna, por la tristeza de las flores, por los niños que no nacieron. Ojalá estuvieras aquí, ojalá estuvieras aquí, ojalá estuvieras aquí… Ojalá.(jesusmarin73@hotmail.com)
por una plegaria por los que aún quedamos aquí
y la única oración es : ojalá estuvieras aquí
¿Has sentido como a medianoche duele la soledad más que a otra hora de la vida? Y cómo las viejas heridas que creías olvidadas, que creías cicatrizadas, se vuelven tan nítidamente dolorosas, tan rabiosamente despiadadas. Y la sal quemando en carne viva. Ella te sonríe desde el espejo, en ese otro mundo que ahora habita, ella es un reflejo de lo que amas, de lo que creías amar, de lo que ya no tienes, de cuando estabas vivo. O creías estarlo.
Has sentido que ese sopor que te invade, tras cuatro horas de mirar el ladrillo en la pared y de escuchar la otra voz que hay en tu cabeza, es todo el mundo que ahora tienes. Los días cuando eras joven quedaron atrás. Los días heroicos nunca existieron más que en tu imaginación, siempre fuiste el peón del alguien, de algo, siempre fuiste otro ladrillo en la pared. Y los tres o cuatro cadáveres que yacen el piso, secos de cerveza, lejanos como islas, ya no pueden tender sus redes hacia a ti, ya no pueden rescatarte de ti mismo. Y los recuerdos son lastres que pesan, que van jalándote del cuello hacia el abismo. Ya ni los días de tu niñez pueden salvarte.
Hace tanto frío aquí dentro y se esta tan solo. A tus cuarenta años la nostalgia es la única compañera fiel que te ha quedado. El muro cada vez se estrecha más, cada vez el círculo azul del cielo es más reducido. El muro es toda tu herencia y todo tu trofeo de una vida desperdiciada. De una muerte prematura. Nunca confíes en alguien mayor de treinta años.
Ojalá estuviera Ella aquí. Ojalá estuvieras tú aquí, ahora, como cuando teníamos la fe del mundo, cuando nos bastaba caminar juntos una tarde cualquiera. Y robarte en un beso la quietud del mundo. Y morir entre la calidez de tus muslos de veinte años, dulce chiquilla. Éramos tan necios, éramos tan ignorantes, tan estúpidamente puros. Ojalá estuvieras aquí destruyendo este gélido infierno, este sembradío marchito. De quién son tantos cadáveres alrededor, quién es el culpable de esta masacre. Hay tantos pájaros muertos en mi cabeza que ya el olor se esta volviendo insoportable. Y los rostros son tan iguales, y la sangre una misma, y el dolor, único padre, y ninguna eres tú; todos caminan al mismo paso y van cayendo uno a uno a la gran moledora de carne, y los ladrillos son tan iguales, y la muerte está tan lejana aún.
Suenas tan muerta dentro de mí, oh mi dulce niña. Llévame entre tus brazos blancos. Ven a sacar estas ratas dentro de mí, salva mi corazón, salva mis ojos. Ojalá tu voz fuera mi silencio. Ojalá tus ojos fueran mi oscuridad. Ojalá tus manos fueran mis cadenas: el muro asfixia , el muro de carne, el muro de miedo, el muro que somos, el muro que nos ahogara alguna noche, lejos del hogar: siempre es lejos del hogar. Siempre. El hogar no existe desde que murió madre. Desde que ella se fue soy huérfano del mundo. Madre no sabía de muros ni de pájaros muertos. Madre era la luz del mundo.
Es medianoche en mis ojos, donde ya nunca amanece. Es medianoche en mis cansadas manos. dondeí ya más nada florece. Haces falta aquí dentro para volver a escuchar al mar. Haces falta para encender la fe del mundo, para rescatar mis huesos de la arena. Haces falta para iluminar la tristeza de saberse hombre, de saberse derrotado mucho antes de volar. Hace falta la tibieza de tu abrazo. Hace falta tu voz construyendo soles aquí dentro, en mi piel y en mi corazón. Haces tanta falta en estas noches desérticas, en estas noches de estrellas apagadas y voces de muerto gritando por lo largo de la cripta, arañando las puertas, rompiendo los cristales. Haces tanta falta.
Ahora ya es tarde para soñar. Ahora ya es tarde para pedir perdón. Y es muy tarde para aprender a rezar. Fuimos por un instante invencibles. Fuimos por un instante dueños del mundo. Ahora somos cenizas. Ahora somos rescoldos que pronto dejaran de brillar. Fuimos diamantes locos brillando en la oscuridad del universo. No dejes de brillar nunca diamante loco. No dejes que el fuego se apague, no me dejes hermano en este páramo, sálvame de las máquinas descompuestas, sálvame de los perros rabiosos. Sálvame de mí mismo. Bájame ya de la cruz, hermano, apaga la luz del mundo, llévame a tu silencio, llévame a tu oscuridad, oh ángel hermoso, oh ángel, abre tus alas y llévame contigo, lejos de esta hipocresía, lejos de este dolor. Devuélveme a ella. Has que todo siga brillando diamante loco. Devuélvame a ella.
Ya no soporto la voz dentro de mí. Ya no soporto el hedor de los pájaros muertos ni este eclipse de mis ojos, ni este girar incontenible de mi cabeza. Haz que todo cese. Devuélvame a mi madre muerta. Devuélvame mi niñez. Devuélvame la parte de Dios que me corresponde. Has que cese la guerra. Has que cesen los gritos. Acaba con este muro. Ya no quiero ser un ladrillo en la pared, ya no quiero ser una isla. Ya no quiero brillar. Ojalá que estuvieras aquí, niña. Y me cobijaran tus ojos y me llevaras lejos de esta devastación y me dijeras que todo esta bien, que cierre los ojos y que nunca te iras de mi lado. Ojalá morir fuera tan fácil. Ojalá no fuéramos tan cobardes y cerráramos los ojos y nos dejáramos llevar por el viento de la noche, por el silencio del mar, por la risa de los peces, por el collar de la luna, por la tristeza de las flores, por los niños que no nacieron. Ojalá estuvieras aquí, ojalá estuvieras aquí, ojalá estuvieras aquí… Ojalá.(jesusmarin73@hotmail.com)
martes, 26 de agosto de 2008
La muerte de un demonio
Para Sara dónde quiera que
su soledad y miedo la hayan empujado
Ahora sí me he quedado solo. Desamparado en este mundo de hombres que no comprendo, yo, el último de mi estirpe, Príncipe entre príncipes. Mi princesa, mi Sara, mi pequeña niña, me ha abandonado. Y la noche se ha vuelto eterna. Y la noche ha dejado de ser mi reino. Y el dolor es inconcebible, ahora sí puedo dejarme morir, yo que he vivido desde el principio de los tiempos, cuando fuimos expulsados, cuando dejamos de ser la luz más bella, cuando éramos tú y yo, un solo ser: ángel y demonio, carne y sangre; hoy me condenadas a la muerte que ciega, a la muerte de la que ya no se resucita; hoy me condenas a vivir sin ti, mi dulce Sara. Ahora puedo dejarme crucificar por los impíos, por los hipócritas adoradores de la cruz. Ahora sí puedo mirar el amanecer y dejar que el fuego calcine mi mirada: ella, la mujer por la que mi sangre gritaba, mi ángel que me despojaba de maldad y venganza, de odio y rencor, ahora me ha despojado de la voluntad de vivir, ahora me ha quitado al dios que adoraba, me ha condenado a vagar solo y muerto, solo y derrumbado, ¡Oh Sara cómo puedes ser tan cruel con tu demonio cuyo único pecado es amarte más allá de todo tiempo, más allá de toda religión y de todo dios!
Me ha despojado de su amado vientre, y ya no puedo beber de su herida y ya no puedo saborear sus labios, muerto soy, maldecido he de morir, ella me ha abandonado, me ha dejado a mitad de la nada, ha roto la promesa de amarnos por siempre, ha roto con la profecía de los antiguos: “ángel y demonio se unirán en sangre y cuerpo y serán un solo, y no habrá luz y no habrá oscuridad, y volverá a reinar la verdadera sombra, ,la verdadera sangre, y Luzbel, Príncipe del mundo volverá a ocupar el puesto que le corresponde; Rey de reyes, y su reino no tendrá fin”.
Hoy es la muerte, hoy es el fin, de qué me sirve ser inmortal, de qué me sirve la impía sangre de los hombres si por mis venas ya no correrá la esperanza de volver a verte, de volver a tener tu cuerpo frágil de mujer entre mis garras de demonio, si mi lengua ya no tendrá el consuelo de tu lengua de serpiente enredándose por todo mi ser. Si mis ojos ya no serán cerrados por tus besos, mi amada Sara. Quién podrá darme de beber de la ternura de su alma pura, quién podrá ofrecerse en sacrifico para salvar mi alma, quién diría mi antiguo nombre, el que solamente tú conoces; tú que me diste vida y sangre, tú que me diste iglesia y hogar, ahora me dejas desamparado, ahora me dejas sin vida. Bendita seas mi ángel por las centurias de amor que me diste. Bendita seas por haberme ofrecido la inocencia de tu vientre para saciad mis ansias de muerte, para ahogar este dolor de no pertenecer a ninguna sitio, para sentir que por fin tenía un hogar, yo ,el maldito, yo el desterrado, cuyo nombre fue borrado del paraíso, cuyo nombre es prohibido pronunciar entre los hombres. Bendita seas Sara porque me hiciste conocer a Dios, porque me hiciste creer que podía ser como los otros, los mortales que conocen la inmortalidad que da el amor. Bendita seas mi Princesa oscura.
¿No oyes cómo la noche se aleja Sara?, como los primeros albores del amanecer me llaman, ver el sol, esa luz prohibida para seres como nosotros. No sé dónde estás, ya no te siento en el viento de la madrugada, ya no me llega tu voz. Ha terminado todo para mí, y lo que no pudo ningún Dios y ninguna profecía, lo has podido tú: destruirme, acabar con la furia de este ser, acabar con la fe de este demonio.
Ahora debo salir a la luz del día, debo dejarme caer al abismo, debo abrir mis alas de demonio y volar hacia el Sol y dejarme calcinar. Y dejarme morir por ti. Oh mi Princesa, o h mi ángel de oscuridad… te amo, Sara, bendita seas…
su soledad y miedo la hayan empujado
Ahora sí me he quedado solo. Desamparado en este mundo de hombres que no comprendo, yo, el último de mi estirpe, Príncipe entre príncipes. Mi princesa, mi Sara, mi pequeña niña, me ha abandonado. Y la noche se ha vuelto eterna. Y la noche ha dejado de ser mi reino. Y el dolor es inconcebible, ahora sí puedo dejarme morir, yo que he vivido desde el principio de los tiempos, cuando fuimos expulsados, cuando dejamos de ser la luz más bella, cuando éramos tú y yo, un solo ser: ángel y demonio, carne y sangre; hoy me condenadas a la muerte que ciega, a la muerte de la que ya no se resucita; hoy me condenas a vivir sin ti, mi dulce Sara. Ahora puedo dejarme crucificar por los impíos, por los hipócritas adoradores de la cruz. Ahora sí puedo mirar el amanecer y dejar que el fuego calcine mi mirada: ella, la mujer por la que mi sangre gritaba, mi ángel que me despojaba de maldad y venganza, de odio y rencor, ahora me ha despojado de la voluntad de vivir, ahora me ha quitado al dios que adoraba, me ha condenado a vagar solo y muerto, solo y derrumbado, ¡Oh Sara cómo puedes ser tan cruel con tu demonio cuyo único pecado es amarte más allá de todo tiempo, más allá de toda religión y de todo dios!
Me ha despojado de su amado vientre, y ya no puedo beber de su herida y ya no puedo saborear sus labios, muerto soy, maldecido he de morir, ella me ha abandonado, me ha dejado a mitad de la nada, ha roto la promesa de amarnos por siempre, ha roto con la profecía de los antiguos: “ángel y demonio se unirán en sangre y cuerpo y serán un solo, y no habrá luz y no habrá oscuridad, y volverá a reinar la verdadera sombra, ,la verdadera sangre, y Luzbel, Príncipe del mundo volverá a ocupar el puesto que le corresponde; Rey de reyes, y su reino no tendrá fin”.
Hoy es la muerte, hoy es el fin, de qué me sirve ser inmortal, de qué me sirve la impía sangre de los hombres si por mis venas ya no correrá la esperanza de volver a verte, de volver a tener tu cuerpo frágil de mujer entre mis garras de demonio, si mi lengua ya no tendrá el consuelo de tu lengua de serpiente enredándose por todo mi ser. Si mis ojos ya no serán cerrados por tus besos, mi amada Sara. Quién podrá darme de beber de la ternura de su alma pura, quién podrá ofrecerse en sacrifico para salvar mi alma, quién diría mi antiguo nombre, el que solamente tú conoces; tú que me diste vida y sangre, tú que me diste iglesia y hogar, ahora me dejas desamparado, ahora me dejas sin vida. Bendita seas mi ángel por las centurias de amor que me diste. Bendita seas por haberme ofrecido la inocencia de tu vientre para saciad mis ansias de muerte, para ahogar este dolor de no pertenecer a ninguna sitio, para sentir que por fin tenía un hogar, yo ,el maldito, yo el desterrado, cuyo nombre fue borrado del paraíso, cuyo nombre es prohibido pronunciar entre los hombres. Bendita seas Sara porque me hiciste conocer a Dios, porque me hiciste creer que podía ser como los otros, los mortales que conocen la inmortalidad que da el amor. Bendita seas mi Princesa oscura.
¿No oyes cómo la noche se aleja Sara?, como los primeros albores del amanecer me llaman, ver el sol, esa luz prohibida para seres como nosotros. No sé dónde estás, ya no te siento en el viento de la madrugada, ya no me llega tu voz. Ha terminado todo para mí, y lo que no pudo ningún Dios y ninguna profecía, lo has podido tú: destruirme, acabar con la furia de este ser, acabar con la fe de este demonio.
Ahora debo salir a la luz del día, debo dejarme caer al abismo, debo abrir mis alas de demonio y volar hacia el Sol y dejarme calcinar. Y dejarme morir por ti. Oh mi Princesa, o h mi ángel de oscuridad… te amo, Sara, bendita seas…
sábado, 23 de agosto de 2008
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